Una referencia al contexto del fragmento anterior bastaría para eludir -en parte- el golpe y, sin embargo, los términos del símil -rosas, estercoleros- vienen tan a propósito que uno no puede más que sucumbir a la tentación de ponerse a tiro, de pasar por el trance de revisar algún por qué. Entonces, ¿por qué seguir deseando rosas?Para el narrador del Trópico de Cáncer la pregunta aparece a propósito del deseo, siempre presente en lo humano, de interponer una idea de salvación entre el "horror de la realidad" y la vivencia del mismo: si sufro los males del mundo, entonces me es lícito suponer que recibiré algún bien mayor a cambio. ¿Por qué querer seguir con eso? ¿Por qué seguir esperando el milagro?
Para nosotros la cosa cae de otro lado precisamente porque nuestras rosas del estercolero no son los Cristos o los Budas, y aun así parece que lo que hacemos es componer un panteón. Todo ese pelotón de los insomnes que se ha ido incorporando al margen derecho de este blog, ¿no es acaso un ejército de salvación? Ya no nos libramos del horror de la realidad cubriéndolo con la espera del milagro, pero nos separamos por medio de la satisfacción de haberlo reconocido, de poder, al menos, llegar a verlo para señalarlo. Y somos la única cultura que piensa en la confesión como atenuante, y no es extraño heredar ese rasgo también en nuestra relación con la crítica. ¿Por qué seguir deseando todo eso?
Una posibilidad que satisfará a pocos pero que, al menos, tiene el rigor de la honestidad, es la de pensar que lo que aquí se ha formado no es tanto un panteón como un pandemónium. Esa gran casa de los demonios que imaginó Milton ha llegado a significar también la algarabía, la confusión, el alboroto. Ante el horror de la realidad uno no puede más que sentirse confuso y reconocer que nosotros mismos y aquellos que nos acompañan en el recorrido somos poco más que ciegos conducidos por ciegos, demonios que se retuercen en el estercolero y que, en ocasiones, entre la agitación febril, forman algo parecido a una danza.

