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miércoles, 22 de octubre de 2008

Balzac situacionista,

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Ferragus es un libro de lectura obligatoria bajo la condición de que uno sea amante de la literatura folletinesca. En sus páginas se reúnen todos los tópicos del género: intrigas, giros fortuitos, dramas exacerbados, personajes que mueren de tristeza, duelos al amanecer, amores metafísicos. No obstante, la agobiante levedad de la trama queda redimida en tres o cuatro párrafos en los que Balzac presenta, como tal vez no se había hecho hasta el momento, la geografía parisina como un tejido emocional, como un monstruo compuesto por nódulos formados de la determinación recíproca entre espacios urbanos y estados psíquicos. A la luz de frases como la que sigue, uno advierte que el caldo de cultivo tanto de la flâneurie como de la aproximación psicogeográfica al espacio urbano venía ya gestándose:

"Las calles de París tienen cualidades humanas, y nos infunden con su fisonomía ciertas ideas contra las que no tenemos defensa."

Honoré de Balzac, Ferragus

Desde la indefensión puede generarse la libertad. El conocimiento de la existencia, en palabras de Balzac, de calles deshonradas y asesinas, de calles charlatanas o de una tristeza nerviosa, permite a quien las frecuenta a voluntad el disfrute de "el más delicioso de los monstruos" (Ibíd.). Por su parte, la deriva, como procedimiento preeminente del estudio psicogeográfico cuenta con el conocimiento de dicha indefensión en dos niveles simultáneos: (1) sucumbimos a las cualidades humanas del espacio aparecidas azarosamente pero (2) podemos modularlas libremente, puesto que dominamos algunas de sus variables. De este modo, pasa por ser tan importante el aspecto lúdico del verse sometido a tensiones psicogeográficas sucesivas a lo largo de la deriva, como la componente constructiva por la que se entra al juego contando con los factores que intervienen en este verse sometido.
Tal vez, la forma más sencilla de explicitar el espacio común de aquellos que, según Balzac, "degustan su París" y de aquellos que se entregan a la observación psicogeográfica, sea la referencia a la idea de territorio. Todos los juegos de lenguaje implícitos en dicha idea -dominar un territorio, explorar un territorio, defender un territorio...-, presuponen ese fondo de pertenencia a un espacio sobre el que se actúa, que marcan el límite entre un espacio indiferenciado, aséptico, y un espacio con rostro. Tanto el hombre de Balzac como el situacionista tienen algo de ese ansia por el encuentro que hace de la ciudad un territorio de las posibilidades incógnitas de lo humano.


lunes, 5 de mayo de 2008

Aproximación psicogeográfica, Terrae incognitae


(1) En un mapa de 1529 Diego Ribero representa Sudamérica con un perfil que por fin está próximo a cerrarse. Desde la fina línea representada por Nicolo Caveri en 1502 -sin estrecho de Magallanes, ni aproximación al mismo-, pasando por la franja de tierra que se expone en el mapa de Johannes de Stobnicza de 1512 bajo el rótulo de terrae incognitae, y hasta el mapa de Ribero, la capacidad imaginativa de los cartógrafos europeos se golpea durante casi medio siglo contra una realidad incierta. Alguno de esos mapas pasa por ser una imagen perfecta de la incertidumbre: en ellos todo sucede como si alguien hubiese encendido un gran faro en Europa, iluminando la costa atlántica de América pero dejando por el mismo motivo la costa pacífica a oscuras.


(2) En un pasaje de Las confesiones de un inglés comedor de opio, el protagonista cuenta los placeres que el opio le proporciona en sus sábados orgiásticos y la relación que dichos placeres tienen con la asiduidad a dos espacios contrapuestos: la ópera y los alrededores de los mercados, donde las clases populares acuden a invertir su salario:

"llevado por la intención de asistir en lo posible a un espectáculo por el que sentía tan plena simpatía, era frecuente que los sábados por la noche, después de tomar opio, me echase a caminar, sin fijarme en la dirección ni en la distancia, hacia los mercados y otros lugares de Londres donde acuden los pobres la noche del sábado para gastar su dinero."

Thomas de Quincey, Confesiones de un inglés comedor de opio

En esas salidas, junto al trato con los desfavorecidos el protagonista aprende algo sobre la ciudad onírica, sobre la ciudad narcotizada. La experiencia de la ciudad tomada por el hilo del opio se aproxima de modo inverosímil a la vivencia del viaje oceánico:

"A veces, en mis intentos de navegar de vuelta a casa con arreglo a los principios náuticos, fijando la mirada en la estrella polar y buscando ambiciosamente el paso del Noroeste en lugar de circunnavegar todos los cabos y puntas que doblara en mi viaje de salida, terminaba por tropezarme con los más arduos problemas en forma de callejuelas intrincadas, entradas misteriosísimas y calles sin salida, que eran como enigmas de la esfinge que hubiesen burlado la audacia de los mozos de cuerda y confundido el intelecto de los cocheros. Casi me persuadía por momentos de ser el primero en descubrir algunas de esas terrae incognitae y dudaba de que figurasen en los mapas modernos de Londres."

Thomas de Quincey, Ibíd.


(3) Tomar un mapa de la ciudad que se habita y una botella de bourbon; trazar los itinerarios habituales durante el tiempo que se estime necesario (para la mayoría un semestre bastará); el espacio sin trazos valdrá como terrae incognitae, es decir, como objetivo; lanzar una moneda o cualquier otro objeto sobre el mapa, de tal manera que marque un punto aproximado de destino dentro del área-objetivo (el rigor es aquí contraproducente); dejar el mapa en casa, salir a la calle, ingerir dosis suficientes de bourbon e iniciar una aproximación zigzagueante a la zona indicada por la moneda; lograr el objetivo y regresar por el camino más corto a casa.