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jueves, 10 de julio de 2008

Zenón se divierte 2,

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Si el caballo se hubiese llamado Arrow todo habría sido perfecto. Aunque se llamaba Occident, fue la flecha de Zenón, y Zenón se divertía mucho viendo como un caballo al galope se descomponía en una sucesión de caballos quietos.

En 1872 una apuesta enfrentaba a los aficionados a las carreras hípicas de California. Los términos de la disputa eran los siguientes: ¿En algún momento del galope de un caballo sucede que todos sus cascos se sitúan simultáneamente por encima del suelo, sin apoyo? Leland Stanford, exgobernador de California, presidente de la Central Pacific Railway e insigne defensor de la opción afirmativa encargó al fotógrafo Eadweard Muybridge que realizase una serie de tomas de su caballo Occident para dirimir la cuestión. Tras las primeras tentativas frustradas por las deficiencias técnicas del obturador de las cámaras al uso, Muybridge logró en abril de 1873 mejorar el tiempo de exposición hasta 1/500 segundos gracias a la incorporación de un obturador mecánico y, con ello, consiguió sorprender a Occident con todas sus extremidades en el aire.
Durante los siguientes años, Muybridge se dedicaría a aplicar sus innovaciones al estudio del movimiento de animales y humanos, descomponiendo la carrera de los bisontes, el salto de las gacelas, los pasos de una mujer metiéndose en la cama o las posiciones de un cuerpo descendiendo una escalera. La posibilidad del cinematógrafo quedaba ya muy próxima.



miércoles, 9 de julio de 2008

Zenón se divierte 1,


Zenón de Elea era uno de aquellos viejos griegos a los que la idea de que el ser pudiese estar constituido esencialmente desde la multiplicidad y lo perpetuamente móvil le sonaba a desmadre. De igual modo, el de Elea se negaba a aceptar la existencia del vacío y la posibilidad de que el ser continuo, como magnitud, pudiese dividirse infinitamente. Como resultado de este ideario y con la intención probable de polemizar con el pitagorismo, Zenón elaboró las paradojas que llevan su nombre y que pasan por ser los primeros argumentos por reductio ad absurdum que conserva la tradición filosófica. De las cuatro paradojas de Zenón contra el movimiento que recoge Aristóteles en la Física (239b5-240a20) dos han llegado a ser especialmente célebres: la paradoja de Aquiles y la tortuga, y la paradoja de la flecha detenida.

La belleza de ésta primera paradoja es eminentemente narrativa. En una hipotética carrera, Aquiles, "el de los pies ligeros" en el epíteto homérico, nunca alcanza a la tortuga si comete el fatal error de cederle un paso de ventaja. Para cuando Aquiles llegue a alcanzar ese paso concedido a la tortuga, ésta ya habrá recorrido un nuevo espacio que Aquiles deberá ganar, y así sucesivamente. La arrogancia del héroe le salió bien cara.
Algunos siglos después la paradoja de Aquiles y la tortuga tuvo una fantástica revisión en clave comico-lógica en el texto de Lewis Carroll titulado Lo que la tortuga dijo a Aquiles.

La belleza de la paradoja de la flecha es visual. Lo supo Borges en aquel poema de La moneda de hierro, y lo dijo en los versos:

"Me asombra que del griego la eleática saeta
instantánea no alcance la inalcanzable meta"

Jorge Luis Borges, El ingenuo

Si aceptamos que se pueda determinar la posición exacta de una flecha en cada uno de los "ahora" que componen su trayectoria temporal de vuelo, debemos conceder que la flecha que vuela está parada, puesto que de una suma de posiciones fijas no puede resultar movimiento alguno. Si otorgamos que dichos "ahora" son de número infinito entonces, además, la flecha nunca llega a su destino.

Zenón no podía saber que un día la idea de límite de una sucesión llevaría al traste la fuerza argumentativa de sus paradojas. No podía imaginar tampoco que, sucedido esto, su contundencia estética se mantendría incólume.


lunes, 16 de junio de 2008

El trapecio,



"Poco después, asqueado, decidido a renunciar a cualquier carrera artística, pero sin querer abandonar el mundo del espectáculo, se hizo empresario de un acróbata, un trapecista, al que habían hecho rápidamente famoso dos particularidades: la primera era su extremada juventud -no había cumplido aún doce años cuando lo conoció Rorschash-; la segunda, su facilidad para permanecer horas seguidas subido en el trapecio. El público corría al music-hall y a los circos donde actuaba para verlo no sólo ejecutar sus ejercicios sino dormir la siesta, lavarse, vestirse y tomarse una taza de chocolate en la estrecha barra del trapecio, a treinta o cuarenta metros del suelo."

Georges Perec, La vida instrucciones de uso


lunes, 26 de mayo de 2008

Piel roja,

A lady Mongolia


Yo quería ser un piel roja. Tal vez porque aún llegué a tiempo de tener una de aquellas infancias con indios de plástico, o quizá porque me encontré a tiempo con aquel texto de Kafka llamado Deseo de ser piel roja, y que dice todo lo necesario tan a las claras:

"Si uno pudiera ser un piel roja, siempre alerta, y sobre un caballo que cabalga veloz, a través del viento, constantemente estremecido sobre la tierra temblorosa, hasta quedar sin espuelas, porque no hacen falta espuelas, hasta perder las riendas, porque no hacen falta riendas, y que en cuanto viera ante sí el campo como una pradera rasa, hubieran desaparecido las crines y la cabeza del caballo."

Franz Kafka, Deseo de ser piel roja

Y digo que quería ser un piel roja porque a esta imagen del guerrero de las praderas se ha venido a añadir últimamente la del jinete mongol. La historia de esta intersección puedo reconstruirla perfectamente. Primero fue el encuentro con el blog Viaje al ojo de un caballo, Veinte días en Mongolia, escrito con una admirable sensibilidad por Carlos Jiménez Arribas, quien en 2006 viajó hasta Mongolia para encontrarse con los últimos caballos salvajes del mundo. Poco más tarde sucedió Un día en Mongolia, exposición que pretende aproximarnos a las formas de vida de los nómadas mongoles en la estrecha interrelación que en ellas se produce entre elementos eminentemente prácticos y elementos simbólicos. Si bien en la exposición se han cuidado los aspectos didácticos suficientemente, puede decirse que no es sino a partir de la visita guiada que los diferentes objetos expuestos comienzan a manifestar su riqueza como partes de un tejido vital. Al salir de la sala, e incluso días después, uno no puede dejar de querer ser aquel niño khalkha que aprende a montar a caballo incluso antes de aprender a andar, o aquel guerrero que cabalga días enteros y que por no detener su marcha, practica una pequeña incisión en el cuello del animal y se alimenta de él. Ante todo ello no hay más remedio que admitir la tremenda profusión de fuerzas que subyace a aquel "porque no hace falta..." que Kafka supo ver y que el nómada mongol habita a diario.


lunes, 14 de abril de 2008

Duchampiana,

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Infraleves (Marcel Duchamp, Notas):


"Pantalones de pana - su ligero silbido (al andar) por roce de las 2 piernas es una separación infraleve indicada por el sonido. (¿no es un sonido infraleve?)"

"Puertas del metro - La gente que pasa en el último momento infraleve -"

"El calor de un asiento (que se acaba de dejar) es infra-leve"

El chasquido del papel del cigarro cuando arde tras una calada es un sonido infraleve. Son infraleves los movimientos de los dedos durante el sueño, aunque desde luego no todos y no para todos. También lo son las diferentes formas de creer la misma cosa para dos personas distintas o para la misma persona en dos momentos diferentes. Infraleve la silueta de la mano sobre un vidrio cuando no deja suciedad y desaparece, el filo de una hoja de papel y la diferencia de grosor entre dos minas de grafito del mismo-grosor.

¿Algún infraleve más?