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domingo, 18 de octubre de 2009

Sábado, Main St.



Basta estar a la hora adecuada en Main St. para verlos llegar desde los campos. Esos hombres, esas bestias de carga de espaldas hundidas aparecen por la ciudad al anochecer como diablos polvorientos directamente llegados del desierto. No conocen padre, no conocen hermano, ni un ápice de temor de Dios albergan sus almas. Todo debe hacerse en una noche. Todo se expiará mañana al doblar la campana.


viernes, 22 de mayo de 2009

Sonata a Kreutzer (La culpa),


En el instante en que se lo estaba haciendo, yo sabía que estaba haciendo algo horroroso, algo que nunca había hecho y que iba a tener unas consecuencias funestas. Pero esta conciencia brilló como un relámpago, y tras la conciencia del acto vino éste. Y yo era consciente de él con una lucidez inusitada.

Y entonces, a pesar de todo, la agarré por el cuello sin soltar el cuchillo, la tumbé y la quise estrangular. ¡Qué cuello más recio tenía...! Yo sabía que clavaba el cuchillo por debajo de las costillas y que el puñal iba a hundirse. Oí, recuerdo, el instante de resistencia del corsé y de algo más, y luego como se hundía el cuchillo en algo blando. Ella agarró con las manos el puñal, se cortó, pero no lo detuvo.

Ella levantó con dificultad los ojos hasta mí, de los cuales uno estaba magullado, y con gran esfuerzo, con voz entrecortada, pronunció:
—Lo has conseguido. Me has matado…—y en su cara, a través del sufrimiento físico e incluso de la proximidad de la muerte, apareció el odio animal de siempre, el viejo y frío odio que conocía—. Los hijos…de todos modos…no te los doy…
Miré a los niños, a la cara de mi mujer, golpeada, cubierta de moretones, y por primera vez me olvidé de mí mismo, de mis derechos, de mi orgullo, por primera vez vi en ella a una persona…

Mas aquello que en mi opinión era lo principal, su culpa, su engaño, a mi mujer no le pareció, por lo visto, digno de mención.




sábado, 21 de marzo de 2009

La asesina,


Miercoles, 8 de enero de 1937. NYC.

Anna Shennan, de veintisiete años, fue acusada de homicidio involuntario en primer grado por acuchillar a su marido Joseph en una fiesta de Fin de año en Queens. La pareja había discutido por 2$ cogidos del fondo familiar para la fiesta. Sheenan amenazaba a su esposa con una botella rota cuando ella agarró un cuchillo. El jurado creyó que el marido había caído accidentalmente sobre el cuchillo, y Anna Shennan fue absuelta. Weegee

***

absuelto/a, del latín absolūtus, participio de absolvĕre, desatar.


martes, 10 de marzo de 2009

Apuntes de ciencia forense,


...y es así como, a resultas de frecuentar durante largo tiempo bibliotecas y otros contenedores de la sapiencia donde, como en una colmena o un termitero se mastica papel hasta tornarlo en un polvo finísimo, es así, digo, como entiendo que sus cerebros llegan a ser esa masa acuosa que he podido observar en abriendo la tapa de sus sesos, y digo que puedo entenderlo pues es de entender que una masa tierna, cual es la mollera en los humanos de joven edad, sometida de permanente a temperaturas extremas, lo que vale decir al calor sofocante en todas las estaciones del año natural en dichos recintos, termine por licuarse y convertirse en poco menos que gachas.

En De signis infanticidii


miércoles, 21 de enero de 2009

L.A., todo, en un callejón


La zorra pintada y zalamera, con su minoría de edad tan rosada y dulce entre las piernas. Me ha visto. Sonríe socarrona y viene a por mí. Apenas puedo controlar la respiración y noto el corazón y el paquete a punto de estallar. Agarrándome por la entrepierna y por la billetera se abalanza sobre mí con su húmedo y eléctrico riff, pegajoso y repetido hasta el colapso, hasta el extremo, hasta el espasmo. Me estremezco y lanzo un grito ahogado al cielo oscuro y depravado de Los Ángeles.

Todo ha terminado y yo estoy sin blanca. Mañana volveré al callejón.







jueves, 20 de noviembre de 2008

Una perversión me paraliza,


En El día que hablamos de James Thurber cuenta Bukowski que durante un tiempo se alojó en la morada de un gran poeta francés, del inmortal poeta francés con sus 25 centímetros de grandeza flácida, pero dispuesta, entre las piernas... Por aquel entonces su talento se atascaba en sus formas de verse arruinado ante el papel en blanco y en sus forzados paseos por Venice beach, forma eufemística de largarse del apartamento sin poder contemplar cómo el poeta ponía a trabajar aquel chisme monstruoso, en orgías silenciosas y discretas, con los chicos y chicas que venían -sobre todo chicos- a su pulcro hogar, atraídos por el descomunal genio del francés y también por sus poemas. Estaba dotado del genio y sabía cómo colocar una palabra tras otra y Bukowski sólo podía esforzarse por no derramar sus vómitos matutinos en el límpido suelo del baño, extensión del límpido suelo de su casa y, tal vez, de su límpida y detestable mente de poeta inmortal. Cuenta, también, que un día, en su ausencia, acudieron dos jóvenes a su puerta y se encontraron con el genio, literario o no (¿cuál era el del poeta?), de Bukowski:

«-¿André?- preguntó la chica
-No. Soy Hank. Charles. Bukowski
-¿Bromeas, verdad André?- preguntó la chica
-Sí. Soy una broma- contesté
Llovía un poco allí fuera. Ellos seguían bajo la lluvia
-Bueno, en fin, entrad, que llueve.
-¡Tú eres André! -dijo la zorra-. Te reconozco, esa cara de anciano...¡como de doscientos años!
-Bueno, bueno -dije-. Adelante. Soy André.»

Charles Bukowski. El día que hablamos de James Thurber, en Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones

Podría, como hice en mis primeras lecturas, continuar un poco más y abandonarme a la orgía salvaje e incómoda que sucede al texto. Pero estoy clavado aquí, tal vez por mi disposición a aceptar, sin remordimientos, que la broma de Bukowski se desvanece en la perversión de la chica (que me perdone Hank: la zorra). Porque estoy dispuesto a leer que esa actitud en esas cursivas es su manera de ocultar, tras la veneración literaria, sus ganas de follarse a o ser follada por (que me perdone André: cuidarse de o ser cuidada por) un poeta; acto que se presenta aquí como imagen metafórica de esperar algo a cambio de encumbrar una literatura, como si esperase que su veneración literaria se viera recompensada con aquel talento de 25 centímetros sin erección. Así entiendo ese modo de conocer o leer la literatura en su difracción de reconocer o interpretar a su autor de modo tan fuertemente dislocado y, por tanto, doloroso y, por continuado, obstinado y, por erróneo pero placentero, fundamentalmente perverso. Podría tantear una manera de seguir pero no puedo, ahora. Me quedo, pues, en esas cursivas, a la espera de encontrar mi manera de continuar leyendo. Aún no se lo he dicho a las "feísimas gaviotas"...


domingo, 9 de noviembre de 2008

Canallas ejemplares, Lacenaire


Pierre François Lacenaire: (Francheville, Rhône, 20 de diciembre de 1800 - París, 9 de enero de 1836), poeta romántico, orador, articulista, estafador, asesino e insigne inaugurador de la metafísica del crimen -en palabras de la prensa de la época.

Pocos asesinos han dejado una estela tan amplia en el mundo de las letras, especialmente entre aquellos enfants terribles que pretendieron una escritura firmemente asida a lo salvaje en la palabra. Su amplia influencia en Lautréamont, su aparición en la Antología del humor negro de André Breton o la recurrente cita por parte de Guy Debord de la frase de Lacenaire en la película de Marcel Carné -"Hace falta todo tipo de gente para construir un mundo... o para destruirlo"-, muestra hasta qué punto la estetización del crimen, como deriva cultural encabezada por Lacenaire, llega a formar parte de la cultura de la vanguardia literaria desde el final del siglo XIX.

La incidencia de unas sintomáticas nupcias entre el crimen y la literatura no es sólo una lectura retrospectiva. La prensa de la época comienza a insinuar la posibilidad de que una misma raíz maligna estuviese nutriendo al satanismo romántico y al crimen estetizado:

"Es cierto que la literatura frenética, en nuestros días, ha llegado lejos en el desenfreno de las concepciones satánicas, pero no ha ido más allá del tipo infernal juzgado estos días en los tribunales del Sena. ¿Se dirá que ha nacido un solo monstruo de la influencia de las letras de nuestra época? ¿O bien estas letras no han sido más que la monografía de una raza inmunda que ha brotado de repente en el álito de los funestos días que estamos viviendo?"

Diario de Rouen y del departamento de Seine-Inférieure, domingo 15 de noviembre de 1835. "Audiencia de Calvados. Lacenaire y Rivière", en Michel Foucault, Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano...

Pero este viraje del mundo del crimen, por el cual se sitúa en los aledaños del arte -el libro de Thomas de Quincey, El asesinato considerado como una de las Bellas artes es sólo trece años posterior al ajusticiamiento de Lacenaire-, puede ser leído como correlato de un cambio mayor: por primera vez en la historia, el crimen está asumiendo en esta época formas burguesas de existencia, y lo novelesco del héroe no es sino uno de sus episodios. La imagen del crimen desde ahora ya no será la del pillaje, la sedición o el vandalismo, sino la del negocio.
En la crónica de los sucesos del caso Lacenaire, tal y como se expone en el extracto del tercer volumen de Causas célebres que presentamos al final de éste artículo, aquello que destaca si se deja a un lado toda la parafernalia lingüística sobre la naturaleza torcida del criminal o sobre la exigencia insatisfecha de la culpa y el arrepentimiento, es la continua consideración de la fría lógica del crímen como agravante. Los asesinatos de Lacenaire se ejecutan conforme a un plan y siguiendo una escrupulosa visión mercantil por la cual las muertes no son sino costes asumidos -y asumidos sin ninguna carga de valor- para la consecución de fines socialmente promovidos. En palabras de Foucault, con Lacenaire, "la burguesía se proporciona sus propios héroes criminales" -Microfísica del poder, "Entrevista sobre la prisión: el libro y su método". Y algo debió conmoverse en los corazones de la burguesía francesa cuando supieron que uno de sus muchachos había llevado los principios de su forma de gestionar el tiempo de vida hasta una nueva esfera: la de la jungla de los bajos fondos. Entre Lacenaire y Robinson Crusoe, en fin, tal vez sólo la vergüenza del buen cristiano.




lunes, 23 de junio de 2008

F-91W, pasaporte a Guantánamo


Yo quería hacer algo bien sencillo: escribir el homenaje a un reloj. Decir, por ejemplo, que el Casio F-91W es tal vez uno de los objetos más característicos del mundo contemporáneo, y justificar dicha exageración mencionando que su manejo sencillo lo sitúa en la muñeca de personas de muy diferente edad -lo he visto tanto en niños como en jubilados-, y de muy diversa profesión -puede encontrarse en un capellán, un ingeniero de caminos o un agricultor. Podría, asimismo, haber especificado sus funciones, haber mencionado ese bip-bip característico al dar las horas, esa luz verdosa sobre la pantalla, y tantas otras cosas. Yo me habría declarado como un enamorado de esta máquina y todo habría sido absurdo y bello en la misma medida. Pero ocurre que en este mundo instalado en una lógica del miedo, hasta los objetos más banales tienen un valor diferente a un lado u otro de la relación amigo-enemigo.
Desde 1999 el servicio de inteligencia de los EUA tiene noticias del uso de este modelo de reloj como temporizador en la fabricación de bombas por parte de Al Qaida. Tras el comienzo de la guerra contra Afganistán en octubre de 2001 se inician las deportaciones a Guantánamo y tres años después, en agosto de 2004, los Combatant Status Review Tribunals. En aquellos juicios no sólo se vulneró la legislación internacional, se obviaron además los fundamentos más básicos del sentido común. Entre los motivos por los que un detenido podía adquirir el estatuto de combatiente enemigo se encuentra el siguiente:

"El detenido se hallaba en posesión de un reloj Casio. Un reloj Casio del mismo modelo que el encontrado en posesión del detenido ha sido utilizado frecuentemente en atentados asociados a Al Qaida."

Summary of Evidence Memorandum. Combatant Status Review Tribunals

1. Al Qaida utiliza recurrentemente los Casio F-91W en la fabricación de sus bombas.
2. Usted se encontraba en Kabul portando un Casio F-91W el día que nuestros soldados iban a la caza de miembros de Al Qaida.
|- Usted es miembro de Al Qaida.

Qué exquisita la lógica de la deportación.


lunes, 28 de abril de 2008

En el principio,

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En el principio fue la palabra pero justo a continuación empezaron los malentendidos, y uno de los de mayor hondura es el que se refiere a las responsabilidades en los hechos que rodearon al pecado original y la consiguiente caída de la maravillosa situación edénica. Parece que la escena queda interpretada por la tradición en los términos siguientes. A la serpiente le corresponde la tentación, el ser la informadora de la verdad de la situación del jardín, el aclarar a la mujer los términos de aquella prohibición que debía alejar a sus moradores del árbol central del paraíso, so pena de muerte:

"Replicó la serpiente a la mujer: De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis conocedores del bien y del mal."

Génesis, 3,4

Sabemos que la mujer, de natural constitución curiosa, sucumbió a la tentación y no contenta con tomar del fruto del árbol dio también su parte a su compañero. El resultado fatal ya adelantado en la narración (Gn, 3,16-19) sigue siendo evidente en la actualidad: la tierra sigue dando sus frutos sólo a condición del trabajo -manual o mecánico- y la mujer sigue engendrando con dolor -atenuado ocasionalmente por diferentes fármacos. Al hombre en esta historia le queda el rol de la pobre bestia ignorante que se deja arrastrar por la pérfida mente femenina. Muy bien, muy bien, responsabilidades depuradas.
Pero a mí lo que me inquieta es el orden de los acontecimientos en un instante concreto de la narración: el momento de la ingestión del fruto prohibido. Pudo suceder de dos formas: o bien la mujer, conocedora de la información descubierta por la serpiente corrió rauda a avisar a su consorte para disfrutar del festín en su compañía, o bien tomó la fruta del árbol y tras observar los resultados se dirigió inmediatamente a ilustrar a su compañero. Parece que el texto se inclina por esta segunda hipótesis:

"Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió."

Gn, 3,6

Y no discuto que ambos eran iguales en la culpa a ojos de Dios -sabemos, además, que para buscar culpables Dios se las compone sin problema. Recordemos que el saber que proporciona el árbol es un saber sobre el bien y el mal, y recordemos que la mujer, el primer ser vivo en la historia conocedor de tal saber, optó por arrancar al hombre de su estado de inocente embrutecimiento. Es decir, la mujer fue curiosamente culpable por obrar bien, pero no en la medida en que obró rectamente, sino por adquirir una capacidad de discernimiento moral prohibida. Lo que me despierta curiosidad es pensar en qué impresión tuvo la mujer de su pareja una vez que había comido del fruto, y cómo aquello con lo que se encontró, junto con el saber adquirido, resultó en la decisión de conducir al hombre a su mismo estado. Parece que la acción de la historia se detiene para mí una y otra vez en ese instante, en el instante en que una mujer capacitada con un saber de lo moral encuentra a su compañero salvaje -tan salvaje como ella misma había sido hasta hacía apenas un momento- y lo domestica, lo hace humano: ¿qué debió ver?, ¿a qué se parece aquello que vio?, ¿y de qué manera fue ella vista?, ¿y cómo le afectó eso que ella debió ver en los ojos de su compañero?