Mostrando entradas con la etiqueta Obrar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Obrar. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de mayo de 2009

Esclavitud a perpetuidad,


«El estado civil de la contradicción, o su estado
en el mundo
civil: ése es el problema filosófico»
(Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, §125)


En febrero de 1861 el zar Alejandro II dio su aprobación al acta de emancipación de los siervos. Uno de los detalles que más me interesan de la controversia que suscitó la estructura de la reforma es lo que entiendo como la inquietud que ante tal decisión emerge de nuestras formas de sentirnos ofendidos ante, y/o a salvo por, perpetuar las prácticas de la servidumbre, continuando, o no, con una concepción de la servidumbre entendida bajo el aspecto primordial del hurto de la posibilidad de la libertad, instaurado en nuestra sensación de que tal hurto ha de estar siempre a nuestra disposición.

Esto quiere decir que tenemos la sensación de que la servidumbre ha de entenderse bajo el concepto de transferencia de un derecho, de modo que, en palabras de Hobbes en El Leviatán, «cuando un hombre ha abandonado o cedido su derecho, se dice entonces que está obligado a no impedir que aquellos a quienes se ha concedido o dejado ese derecho se beneficien de él; y que debe, y es su deber, no anular ese acto suyo que ha realizado por propia voluntad; y que si causa algún impedimento, incurre en injusticia e injuria.». Esta traslación de la noción de esclavitud a la noción de servidumbre es lo que yo acierto a entender que supone un convenio tras una guerra, al menos antes de la primera convención de Ginebra de 1864 (y, me atrevería a decir, hasta nuestros días, sea cual sea la guerra). Esto es lo que para mí representa, y lo que se deriva de, que la guerra sea una condición primordial del hombre en la concepción liberal del derecho. Hobbes añade: “de cada hombre con cada hombre” como diciendo que podríamos ser capaces de sustraernos nuestra propia libertad de “nuestro cada hombre”, que es como entiendo que cualquier forma soberana de poder político pueda emerger y constituirse a partir de nuestras formas de subordinarnos a figuras enajenadas, algo que se deriva en la forma como podemos ser sumisos a la transmisión de cualquier figura que nos mantenga cautivos.

Un hombre es para un (su mismo) hombre un esclavo de su propia educación. Un hombre es para un (su mismo) hombre el origen de la desigualdad. Esto parece iluminar la idea de que, de algún modo, hemos sido desconocidos para nosotros mismos, que nuestra entrada a nuestro cautiverio se dio tras nuestra derrota en la batalla de nuestro propio conocimiento, que es, asumo, lo que ilumina las palabras de Rousseau cuando se pregunta, en el Discurso sobre la desigualdad entre los hombres, «¿cómo conocer la fuente de la desigualdad entre los hombres si no se empieza por conocerlos a ellos mismos?», del mismo modo que parece iluminar el recorrido de su particular acepción de la “restitución civil” de lo primitivo. Pero sobre todo parece arrojar luz sobre la contradicción de saber que una forma de abolir la servidumbre no elimina la servidumbre, que es tanto como decir que se ha ejecutado una reforma política sin pretensiones de que se haga efectiva, que es, a su vez, un modo de sucumbir al miedo de una revuelta como origen de la actividad política (otra vez nuestra forma de ser esclavos de nuestras formas soberanas). De ahí la ofensa ante, y/o el alivio de, una reforma que, de algún modo, perpetúa la esclavitud, que es, asumo, lo que Tostoi estaba constatando, ofendido, 23 años después, cuando escribía en su diario,

«El poder puede ser no-violencia cuando se reconoce como superior tanto moral como racionalmente. El poder como coacción surge sólo cuando reconocemos como superior lo que no es superior según las exigencias de nuestro corazón y de nuestra razón. La coacción apareció cuando el hombre se subordinó a alguien —fuera este un padre o un zar, o una asamblea legislativa— a quien no respetaba plenamente…» (Lev Tolstói, Diarios, 19/03/1884)

«Después del croquet todo el mundo ayudó a retirar lo del té, y eso hizo reir a los sirvientes. Como si lo risible no fuera que las personas bien alimentadas estén sentadas muertas de aburrimiento y obliguen a la gente que trabaja a perder su tiempo en tonterías.» (Lev Tolstói, Diarios, 24/06/1884)


domingo, 24 de mayo de 2009

Sonata a Pózdnyshev (El disloque),


§1

El filo del puñal curvo de Damasco asoma desenfundado ya. Suena metálico e hiriente el violín en La mayor abriéndose paso. Pózdnyshev la ha encontrado con él y se abalanza sobre los acordes del asesinato. La sonata es imparable…

§2

Ella lo sabe. ¡Con qué grácil gesto mantiene el terror en su pecho! Ha de abandonar su compás y agarrarse al filo de la tragedia para impedir la locura. Pero su fuerza es débil. Y su recio cuello apenas resiste la embestida…

§3

Cruje el corsé y la cuchilla se desliza suavemente cortando sus manos que, en vano, trataban de agarrar el filo…

§4

En vano se retuercen ambos. La muerte asoma…

§5

Pózdnyshev aúlla rojo como la grana y hace un último esfuerzo…

§6

Ya se abre la carne. El tono bajo, el compás lento y comienza el estertor en su maduro pecho….

§7

— Mujer, ¿me odias?
— Sí…
— ¿Sabes por qué lo hice?
— Sí…
— ¿Acaso soy yo el culpable?
— Sí…
— ¿Debo creer que eran lecciones de piano sin más?
— Sí…
— ¿Podrás perdonarme alguna vez, mujer?
— Sí, sí…





viernes, 22 de mayo de 2009

Sonata a Kreutzer (La culpa),


En el instante en que se lo estaba haciendo, yo sabía que estaba haciendo algo horroroso, algo que nunca había hecho y que iba a tener unas consecuencias funestas. Pero esta conciencia brilló como un relámpago, y tras la conciencia del acto vino éste. Y yo era consciente de él con una lucidez inusitada.

Y entonces, a pesar de todo, la agarré por el cuello sin soltar el cuchillo, la tumbé y la quise estrangular. ¡Qué cuello más recio tenía...! Yo sabía que clavaba el cuchillo por debajo de las costillas y que el puñal iba a hundirse. Oí, recuerdo, el instante de resistencia del corsé y de algo más, y luego como se hundía el cuchillo en algo blando. Ella agarró con las manos el puñal, se cortó, pero no lo detuvo.

Ella levantó con dificultad los ojos hasta mí, de los cuales uno estaba magullado, y con gran esfuerzo, con voz entrecortada, pronunció:
—Lo has conseguido. Me has matado…—y en su cara, a través del sufrimiento físico e incluso de la proximidad de la muerte, apareció el odio animal de siempre, el viejo y frío odio que conocía—. Los hijos…de todos modos…no te los doy…
Miré a los niños, a la cara de mi mujer, golpeada, cubierta de moretones, y por primera vez me olvidé de mí mismo, de mis derechos, de mi orgullo, por primera vez vi en ella a una persona…

Mas aquello que en mi opinión era lo principal, su culpa, su engaño, a mi mujer no le pareció, por lo visto, digno de mención.




lunes, 20 de abril de 2009

Go, Johnny, go!

·

Cuando el viejo Big Johnny Humbler daba con uno de aquellos ritmos también su vida iba a dar en él. Tanto es así que no sólo su forma de caminar se veía prendida en aquel ritmo, también se comprometían con él el círculo con que removía las albóndigas precocinadas en aquella sartén, la ondulación de sus ojos ante el periódico e incluso el balanceo de sus dedos en la piel de Dakota. Todo ocurría de tal modo que, si alguien hubiese seguido a Big Johnny Humbler durante el día en que encontró uno de aquellos ritmos, al llegar el momento de la actuación bien podía dar por ya conocido el fondo de la cuestión a excepción, claro, del atuendo sonoro con que se presentaba.


lunes, 2 de marzo de 2009

En casa de Louie Harper,


En la vieja sala de Louie Harper no cabía nadie más. Si algún cretino se hubiera tirado un pedo seguro que alguno de nosotros habría acabado con su culo fuera del local. Cómo conseguía Louie a aquellos asesinos nadie lo sabía. Lo único que todos sabíamos era que habríamos sido capaces de dejar morir a nuestros padres por ir a los combates que el viejo Louie organizaba en su tugurio. Allí vi combatir por primera vez al ruso de la estepa siberiana Dostoievski. Un tipo duro sin duda. Su directo de derecha era un estilete que dejaba a sus rivales aturdidos y tambaleándose por la tarima como muñecos. Los dejaba hechos un trapo. Lo daba todo en cada combate. Fueron los días grandes en los que uno podía ver a Johnny Fante ganar un combate a diecisiete rounds sin apenas acelerar la respiración. Golpe a golpe y un round más y así hasta el final. Para cuando todo terminaba y daban los puntos la tensión era tanta que ambos púgiles se echaban a llorar hincados de rodillas y abrazándose en un apriete infinito y salvaje. También venía a pelear Céline, el Martillo. Tenía un gancho de derechas demoledor. Recuerdo el día que tumbó a Dashiell Hammett en el cuarto. Esquivó un directo de izquierdas con una finta perfecta, clavó el talón a la lona para soltar El Martillo de abajo arriba como un rayo. Hammett ni lo vió venir y todos nosotros poseídos por la euforia creímos, por un instante, que empezaba la revolución.
Podías oler la sala de Louie unos metros calle abajo si la tarde era calurosa y había combate. Olía a sudor rancio y a picadura barata y a orín y a vino y a cáscaras secas de naranja. Y cuando salían aquellos tipos a pelear todos enloquecíamos y pataleábamos como criminales y entonces se levantaba el polvo que traía consigo aquel olor repugnante y lo tragábamos a bocanadas y de repente el hedor se volvía ira en nuestras bocas. Para cuando saltaban al cuadrilátero yo estaba ya repleto de ira y a punto de estallar. Mi mirada cegada de ira, y mi corazón y mis pulmones llenos de ira, y mis entrañas llenas de ira y de mierda y de orín y de vino y de cáscaras de naranja y de hermosa literatura. Allí, sobre la tarima, bajo la tarima, alrededor de la tarima, todo estaba bajo el influjo de la literatura y de la lucha, que ahora, en casa de Louie Harper, en nuestra casa, eran una y la misma cosa.
El hombre del momento era Ernie Hemingway. Todos queríamos ver a Ernie pelear. Nadie en todo Los Ángeles quería perderse a Hem darle a los puños. ¡Hostias cómo los movía! Era un gran tipo. Sabía darle duro. Era un asesino. Sonó la campana. La hicieron sonar. Oí el tañido cruzar el infernal alboroto. Entonces apareció aquel tipo, Hank Bukowski. Vestía unos calzones ridículos que le quedaban anchos. No llevaba botas sino sus viejos zapatos y subió al ring fumando un puro de quince centavos. Ernie estaba levantándose de su rincón cuando de repente aquel tipo hinchó el pechó y señalándose los puños rugió:
–¡Aquí tengo la palabra, Papá!– dijo, y sonó a verdad–¡Aquí la tengo y está dispuesta a romperte el culo!–Me giré y vi a Hem muy tocado. Lo había alcanzado en plena barbilla. Aquella palabra era dura de verdad e iba a hacerle brotar la sangre y todos supimos que iba a ser un gran combate. Cuando el directo de Hank cortó la tarde hacia la cara de Ernie nos pusimos todos en pie gritando con el pecho a punto de quebrarse y el cielo se tambaleó y alguien chilló “¡a mí la revolución!”.

En el fondo no adorábamos ni a Hemingway, ni a Bukowski, ni a Dostoievski, Céline o Fante, sino a aquella palabra que era capaz de enloquecernos y hacernos pensar en la revolución. Ernie en su gancho de izquierda, Hank en su un-dos y crochet a la mandíbula, que era una manera sublime de dialogar, Céline en su Martillo atronador, Fante en sus jabs cruzados, pausados y emocionantes, Dostoievski en sus directos delirantes, trabajados y sin tregua. Aquella palabra que hacía brotar la sangre la tenían muy pocos y nosotros la leíamos todas las tardes en casa de Louie Harper.


lunes, 16 de febrero de 2009

Así lo incontestable,

«Le dije que estaría oscuro, y él dijo que odiaba la luz del día.
Le dije que sería muy solitario, y él dijo que prostituía su mente hablando con personas inteligentes.
Le dije que estaba loco y él dijo que Dios le guardara de la cordura.
(Dios ciertamente lo hará.)»



La cultura exige de mí un compromiso: que abrace la diferencia y que muera para la sociedad siempre abrazando la diferencia y, por tanto, que muera en soledad y sólo por esa soledad de la sociedad, porque estar abrazado a la diferencia es estar abrazado a la soledad por siempre y sólo a la soledad, pero también, y por eso, a la cultura por siempre y, por eso, sólo y por siempre a mis ideas. Ahora: una comunidad que exige de mí abrazar siempre y sólo mis ideas, hablar y escribir sólo de mis ideas, sólo sobre mis ideas y por ellas, y así conseguir el respeto de esa comunidad sólo por mi diferencia y por mis ideas y por mi soledad con mis ideas. Por eso no debo ser condescendiente con mis ideas y mucho menos con los lectores de mis ideas, porque de ese modo, es seguro, consiguen traspasar fácilmente el último límite que me separa del mundo y de ese modo, es seguro, me aniquilan, y aniquilan justo mi diferencia por ello, y justo por ello mis ideas y por ello, también a mí mismo, porque me encuentran solo e inseguro y abrazado de forma desesperada y demencial a mis ideas, pues sólo así cumplo con lo que la cultura exige de mí, pues, es seguro, y también manifiestamente claro que de esa desesperación y demencia, pero, sobre todo, de la fuerza sobrehumana de esa desesperación y demencia, depende mi intimidad. Y ahora es manifiestamente claro que necesito con urgencia una fuerza sobrehumana que remedie mi debilidad sobrehumana y mi condescendencia sobrehumana con mis ideas y con los lectores de mis ideas, lo que he aprendido a considerar como un pecado sobrehumano que precipita siempre mi fin y por eso es más humillante si cabe que cualquier otro pecado capital. Ese pecado lo he cometido siempre y lo vuelvo a cometer siempre (hoy) porque dejo constantemente mis ideas al descubierto de un modo fácil y natural y por ello enfermizo por cuanto es el resultado natural de mi propia debilidad sobrehumana, reflejo de mi intimidad sobrehumanamente enfermiza. Dejo mis ideas al descubierto y las doy en bandeja de plata al lector de mis ideas, y esa facilidad y naturalidad elimina todo mi sufrimiento y mi trabajo de mis ideas, y esa facilidad y naturalidad las hace, por ello, vulnerables. Porque nadie, hoy, quiere sufrir ni está dispuesto a sufrir, y mucho menos a sufrir por unas ideas, pero menos aún a sufrir por mis ideas. Así las toman y las poseen sin sufrir y con deleite, y me las muestran sin sufrir y con deleite, y entonces ya casi no son mis ideas si no fuera porque retienen lo justo de mí para que me sienta, sin sufrir y con deleite, y por ello del modo más detestable posible, su asesino, así mi perversidad. Constantemente condescendiente y asesino y por eso humillado y perverso constantemente. Volver a pecar siempre y sólo por culpa de mi debilidad sobrehumana y por ello necisitar la desesperación y la demencia y, sólo por eso, la escritura y su fuerza sobrehumana. Una y otra vez, y por siempre, yo con mis ideas en la cultura. Una y otra vez, pecar y escribir y sólo por eso siempre en soledad y abrazado a mis ideas.


domingo, 15 de febrero de 2009

El viento, la voz de Safo

"Si quieres el meollo, recurre a Safo."
Ezra Pound, Varios No

Hay versos de los que uno no consigue desprenderse. Llegan a formar el tono de lo que en adelante uno va a considerar literatura en sentido estricto, sin concesiones. A este respecto, son el meollo de la cuestión, la piedra de toque, la cota que indica la diferencia entre una montaña y una mera colina. Hay unos versos de Safo. Dicen:

Eros ha sacudido mis entrañas
como un viento abatiéndose en el monte
sobre las encinas.

Como un viento abatiéndose en el monte. Algo salvaje yace en estas palabras, algo de esa brutalidad que hay en el modo con que Safo caracteriza el Eros, ese "animal amargo que repta irresistible". Algo salvaje que me pone en guardia simultáneamente contra dos formas comunes de lo doméstico, de la domesticación debería decir: de un lado el sentimiento amoroso, que en cuanto sentimiento sigue adoleciendo de aquella languidez decimonónica, de otro la concesión dada a las bellas palabras, a la literatura como una de las bellas artes. En guardia contra una forma tibia de amar y odiar. En guardia contra una escritura para la distracción.
La corrupción en Safo, esos versos abatidos por el viento del tiempo, se me muestra como el otro rostro de una verticalidad incólume, de una voz íntegra. En cambio, todo nuestro aburrimiento y todo nuestro asco juntos me hacen pensar que seremos barridos por completo. Nada dejará en pie el viento hasta que no seamos capaces de dar algo más primitivo, las vísceras sobre la mesa, la palabra ensangrentada y algo de la caza en nuestra forma de trabajar. Lo dijo Thoreau en su canto a la Naturaleza:

"En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación."

Henry David Thoreau, Caminar

Falta saber si acaso estamos aún dispuestos a vivir sin concesiones.


martes, 20 de enero de 2009

Heredar un uso de conversar,

“Y siendo así que yo considero la diferencia entre decir y citar
como una diferencia de postura, la propuesta de indecibilidad
me produce la impresión de estar asumiendo una postura,
y una postura miserable.”

(En busca de lo ordinario. Stanley Cavell)


La Real Academia Española de la lengua propone, como acepciones de conversar y conversación:

Conversar. 1. Dicho de una o varias personas: Hablar con otra u otras || 2. Hacer conversión || 3. desus. Vivir, habitar en compañía de otros || 4. desus. Dicho de una o más personas: Tratar, comunicar y tener amistad con otra u otras || 5. tr. Ecuad. narrar.

Conversación. 1. Acción y efecto de hablar familiarmente una o varias personas con una u otras. || 2. desus. Concurrencia o compañía. || 3. desus. Comunicación y trato carnal, amancebamiento. || 4. ant. Habitación o morada.

Me preocupa ese modo de conservar la familiaridad habiendo perdido la compañía porque hay, en esta pérdida, algo que desplaza lo comunitario en nuestras conversaciones. Que la familiaridad no se haya perdido, aun cuando instauremos el desuso y el olvido en la “concurrencia y la compañía”, también en la “amistad”, esa particular proximidad que nos lleva –también literalmente y también literariamente– al “trato carnal y amancebamiento”, me hace pensar que perdimos también, en algunas formas literarias, la carne y el “trato sexual habitual” (voz para amancebamiento) lo que yo entiendo como el vacío de comunidad en nuestra práctica ordinaria de la sexualidad, que para mí debiera remitir más a la compañía –a veces concurrida– que a nuestras maneras diversas de penetrarnos y de ser penetrados.

Me doy cuenta de que mi preocupación es mi lectura tropezando constantemente con algún tipo peculiar de inestabilidad instaurada en las voces tercera y cuarta de conversar y segunda y tercera de conversación, en esa manera de olvidar, pero también de ocultar, la compañía y la amistad en nuestras maneras familiares de comunicarnos, de tratarnos. Inestabilidad que acaba por convertirse en un ejercicio de implantación gramatical de un significado en nuestras formas de olvidar y desusar otros usos de la misma palabra. Eso quiere decir que hay maneras en que aprendemos a usar las palabras en nuestro lenguaje para olvidar –instaurar el olvido en– nuestros propios significados, lo que no es sino una ejecución de nuestra capacidad de hacer cosas con palabras en el modo particular de practicar, en nuestro lenguaje, el olvido de un uso o significado. El significado de las palabras está, de algún modo, vivo, y aun cuando tengamos maneras lingüísticas de concebir y ejecutar su muerte, tenemos también maneras de concebir y ejecutar su restauración en la generación de nuevas prácticas. Entonces recuperar un uso puede concebirse como una manera peculiar de revivir un significado en el modo cómo éste se rememora gramaticalmente en nuestros nuevos juegos de lenguaje. Algo que me gusta pensar bajo la perspectiva de heredar los significados en mi (nuestra) manera particular de conjugar las palabras y por ello en la conjugación de mi (nuestra) voz.

Ahora puedo ver reconocidas tus palabras como atraídas por mi voz, lo que estoy dispuesto a aceptar como un significado nuevo y particular que emana de la compañía y la amistad en nuestras conversaciones. Entonces la escritura, aquí, se conjuga en la forma de la invitación y del encuentro, de la sugerencia y la satisfacción; y la repetición de la escritura como la renovación del ejercicio de heredar nuestras propias conversaciones en la manera de sentirse invitadas y de sentirse encontradas y por ello respondidas, en esta comunidad, todas estas nuevas voces.