Mostrando entradas con la etiqueta Vidas muertas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vidas muertas. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de septiembre de 2009

Espacios efímeros,


Hace algunos días subía al metro en Colón una mujer portando una paloma acurrucada entre los brazos. El animal tenía un aspecto enfermizo.
Colón no es uno de esos lugares en los que alguien vaya a pararse a recoger a un animal enfermo.
Aquella mujer no parecía el tipo de mujer que se detendría a auxiliar a un bicho de la calle.

La compasión que se revela en este gesto me resulta, o, en concreto aquí me resulta, del todo indiferente. No tanto así, en cambio, el hecho de que el gesto supusiese una breve interrupción de ese continuo fluctuante que es la calle Colón, la parada de metro, el vagón. Interrupción sin estrategia, salto improvisado. Pienso entonces en lo dicho en El tedio en las calles, pienso en la fotografía de William Klein, Robert Frank, Saul Leiter, pienso en aquella expresión de Manuel Delgado, "la ciudad menos su arquitectura, todo lo que en ella no se detiene ni se solidifica", y advierto que nosotros, el espacio que abren nuestros encuentros, bien puede funcionar como el infierno para el plan, fuego corriendo por las calles en direcciones imprevisibles.
No había forma de leer en el plan y, entonces, no había forma de esperar, que aquella paloma enferma sería aquel día parte del pasaje. Ningún ocupante del metro pudo prever que alguien introduciría en su vida semejante distorsión y, de saberlo, probablemente la habría evitado.

En alguna parte Morelli asegura que el otro en la calle se nos da no como una realidad fílmica sino más bien como un hecho fotográfico. A mí me cabe pensar en una percepción del espacio de encuentro cuya sustancia vive encabalgada entre ambas formas, como la posibilidad siempre refundada de que, inopinadamente, una instantánea eche a andar haciendo que lo que funcionaba como el trasfondo de una panorámica urbana termine proporcionando los retazos para una biografía colectiva. Biografía tenue, incompleta, difícil de seguir por la insidiosa tendencia a aparecer sus fragmentos cuando uno menos los espera, por su habilidad de diluirse un momento después. Algunas fotografías de Klein —las mejores, creo—, parecen detenerse en ese instante en que una estatua de sal, exorcizada por la cámara, va a lanzarse a la arena como agente de lo efímero.

"La ciudad menos su arquitectura", decía Manuel Delgado, ese espacio urbano real, sin hipóstasis. "Ahí no hay más remedio que aceptar someterse a las miradas y a las iniciativas de los otros. Ahí se mantiene una interacción siempre superficial, pero que en cualquier momento puede conocer desarrollos inéditos". Si alguna necesidad le cabe al tedio en la vida urbana es la necesidad que sigue al olvido de ese ahí innombrable y, me temo, nuestras aptitudes para el olvido prácticamente no conocen límite. Un olvido que engendra gestos apropiados en lugares apropiados, lógica retorcida que hace de las calles precisamente lo que no nos es propio y que borra cualquier tentativa de apropiación para devolver el conjunto íntegramente al plan.

Hace algunos días subía al metro en Colón una mujer portando una paloma enferma acurrucada entre los brazos, pero, ay, una paloma enferma se deja conducir demasiado fácilmente al olvido. Mañana alguien bajará al metro con un caimán perfectamente sano como un gesto que recoge la invitación de otro gesto, desarrollo inédito, paso a lo inesperado. Sobresalto, piernas mordidas y gritos en un cielo subterráneo. Aún así, sin duda habrá quien teniendo la escena ante las narices vuelva a su casa como cada día, muerto de tedio, muerto.


lunes, 8 de junio de 2009

Dorothea Lange, U.S. 99


Calexico, Bakersfield, Famoso, Tulare, Fresno, Sacramento...
Es un duro camino el de servir al Señor.

En la U.S. 99. Cerca de Brawley, Imperial County. Madre sin hogar con el más pequeño de sus siete hijos, a pie por la carretera desde Phoenix, Arizona, donde cosechaban algodón. Se dirigen a San Diego, donde el padre espera conseguir ayuda "ya que una vez vivió allí".

Madre de tres, cinco, siete, once niños... No lo conseguimos. Queremos regresar. Nos hemos fundido el coche. Nos hemos fundido la tienda. Vivimos como cerdos... Es un duro camino el de servir al Señor.

Quieren volver a Missouri si alguna vez consiguen el dinero.
La próxima vez prueba con el tren
Viaja mientras duermes
Southern Pacific

Arruinados, el bebé enfermo, problemas con el coche... Nos morimos de hambre y nos alimentamos de quizás. Tal vez podríamos encontrar algún trabajillo si consiguiésemos algo para ir tirando.
Se buscan recolectores de algodón
Cabañas amuebladas
No dicen cuánto pagan.

Es un duro camino el de servir al Señor.






martes, 12 de mayo de 2009

Golpe de fortuna,


Antes de que llegue el final, antes de que todo reviente, voy a ejecutar una última prueba, una última tentativa: dos nudos: de un lado el raquítico cuello de mi humanidad inane, del otro el parachoques del viejo auto. Se necesita un punto de apoyo, en alto, un punto en alto y el principio de polea hará el resto. No se prenderá fuego al cadáver ni se dejará expuesto. No se trata de un linchamiento. Yo no estaré. Estaré levantando acta de los hechos. Un reportaje con palabras sencillas y profundas, tal vez imágenes. Hacen falta imágenes: nada hoy es sin imagen. No me cogerán. No a tiempo. Yo no seré. Después, por mí, puede irse todo al carajo.


viernes, 17 de abril de 2009

Ausencia,


«Fui a la fábrica de medias. La sirena significa que a las 5 un muchachito ya está frente a las máquinas y se queda ahí, de pie, hasta las 8. A las 8 toma un té y vuelve a quedarse de pie hasta las 12, a la 1 vuelve a las máquinas hasta las 4. A las 4 1/2 vuelve a su lugar hasta las 8. Y así cada día. Eso es lo que significan las sirenas que nosotros oímos desde la cama…» (Lev Tolstoi. Diarios)

«Cuando a las seis todo se detenía, te llevabas contigo el ruido en la cabeza; yo lo conservaba la noche entera, el ruido, y el olor a aceite también, como si me hubiesen puesto una nariz nueva, un cerebro nuevo para siempre.» (Louis-Ferdinand Céline. Viaje al fin de la noche)

«Me contrataron finalmente en un almacén de recambios de automóviles. Estaba en Flower Street, bajando por la Onceava calle. Vendían al detalle en la parte delantera y también se encargaban de ventas al por mayor a otros distribuidores y tiendas. Tuve que hacer el numerito para conseguir el empleo –les dije que me gustaba pensar en mi trabajo como mi segundo hogar. Eso les gustó.» (Charles Bukowski. Factotum)


domingo, 12 de abril de 2009

Pinturas de guerra,

"¿Qué significa todo esto? Que ha amanecido un Viernes Santo universal,
(...) que el calendario litúrgico se rompe y que Dios sigue muerto en la cruz el día de Pascua."


Hugo Ball, La huida del tiempo


Muerto el Cristo, continuamos.
Como decíamos: la máquina, la vergüenza ante la máquina, el ridículo ante la máquina, el buen gesto como síntoma de la rendición. Incluso el soldado, figura de la muerte del guerrero ante la mediación de la máquina bélica, sucumbe a esta rendición haciéndose retratar la jornada anterior a su partida hacia el frente. De signo opuesto a las pinturas de guerra, ese retrato contiene el augurio de una pérdida del rostro. Pérdida del rostro como fin de un determinado perfil biográfico –en el decir de Walter Benjamin, de la guerra contemporánea se vuelve con mucho que callar. Pérdida del rostro también en sentido literal, como mostraron las fotografías de soldados mutilados por las armas químicas en las trincheras de la guerra de 1914.

Un dibujo de Georg Grosz muestra a un Cristo en la cruz con el rostro cubierto por una máscara de gas. No sabemos qué hay detrás. No sabemos, en concreto, si el Cristo conserva su facción agónica o si también ha sido socavada. No sabemos si el hijo del hombre sigue, con o sin rostro, todavía vivo o ya muerto. Tal vez toda esta incertidumbre funcione como correlato de una certeza: la certeza de que, rendidos a la máquina, no habrá ya redención en el hombre, no la habrá en Cristo y no la habrá, desde luego, en la máquina. ¿Qué nos queda entonces?–Muerto el Cristo, continuamos.–¡Sálvese quien pueda!


domingo, 22 de marzo de 2009

Las horas de humo,



El humo sellaba el tiempo. Era como si sólo fumando fuésemos a pasar a la hora siguiente, y fumábamos a todas horas, en todas partes y a todas horas. Fumábamos en la cama, antes de acostarnos y ya dormidos, y antes de follar y después de follar y mientras follábamos, como si fuésemos máquinas de joder echando humo a escape. Fumábamos para ponernos en la cara quiénes éramos y para poder ser alguien, porque uno podía tener el cigarrillo entre los dientes como un perro de presa, o medio caído y casi apagado y retorcido como en la boca de un perdedor, o cogido firmemente con la decisión de un Churchill o un Eisenhower. De algún modo aquello nos salvaba. Nos salvaba de lo que hubiese del otro lado del humo, del otro lado de las horas, y si quedaba por llegar un minuto que fuese el último, bien, aún quedaba tiempo para echar un pitillo y después terminar de una jodida vez.


martes, 10 de marzo de 2009

Apuntes de ciencia forense,


...y es así como, a resultas de frecuentar durante largo tiempo bibliotecas y otros contenedores de la sapiencia donde, como en una colmena o un termitero se mastica papel hasta tornarlo en un polvo finísimo, es así, digo, como entiendo que sus cerebros llegan a ser esa masa acuosa que he podido observar en abriendo la tapa de sus sesos, y digo que puedo entenderlo pues es de entender que una masa tierna, cual es la mollera en los humanos de joven edad, sometida de permanente a temperaturas extremas, lo que vale decir al calor sofocante en todas las estaciones del año natural en dichos recintos, termine por licuarse y convertirse en poco menos que gachas.

En De signis infanticidii


domingo, 15 de febrero de 2009

El viento, la voz de Safo

"Si quieres el meollo, recurre a Safo."
Ezra Pound, Varios No

Hay versos de los que uno no consigue desprenderse. Llegan a formar el tono de lo que en adelante uno va a considerar literatura en sentido estricto, sin concesiones. A este respecto, son el meollo de la cuestión, la piedra de toque, la cota que indica la diferencia entre una montaña y una mera colina. Hay unos versos de Safo. Dicen:

Eros ha sacudido mis entrañas
como un viento abatiéndose en el monte
sobre las encinas.

Como un viento abatiéndose en el monte. Algo salvaje yace en estas palabras, algo de esa brutalidad que hay en el modo con que Safo caracteriza el Eros, ese "animal amargo que repta irresistible". Algo salvaje que me pone en guardia simultáneamente contra dos formas comunes de lo doméstico, de la domesticación debería decir: de un lado el sentimiento amoroso, que en cuanto sentimiento sigue adoleciendo de aquella languidez decimonónica, de otro la concesión dada a las bellas palabras, a la literatura como una de las bellas artes. En guardia contra una forma tibia de amar y odiar. En guardia contra una escritura para la distracción.
La corrupción en Safo, esos versos abatidos por el viento del tiempo, se me muestra como el otro rostro de una verticalidad incólume, de una voz íntegra. En cambio, todo nuestro aburrimiento y todo nuestro asco juntos me hacen pensar que seremos barridos por completo. Nada dejará en pie el viento hasta que no seamos capaces de dar algo más primitivo, las vísceras sobre la mesa, la palabra ensangrentada y algo de la caza en nuestra forma de trabajar. Lo dijo Thoreau en su canto a la Naturaleza:

"En literatura, sólo lo salvaje nos atrae. El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación."

Henry David Thoreau, Caminar

Falta saber si acaso estamos aún dispuestos a vivir sin concesiones.


martes, 15 de julio de 2008

Asesinato terapéutico,


"Le travail est l'opium du peuple,
moi je ne veux pas finir drogué."

Boris Vian


El salario de los bueyes asciende a la cantidad de forraje estrictamente necesario para mantener la fuerza de tiro del animal. Aunque dicha retribución pueda descender drásticamente, el animal no acostumbra a atacar. El salario para un trabajador humano no es diferente al del bobino, a excepción de que su cuantía debe satisfacer condiciones material-simbólicas como las referidas a toda una serie de expectativas generadas sobre modelos de vida buena. A diferencia del animal, de un descenso drástico acompañado por la insatisfacción de dichas expectativas se debe esperar algún tipo de violencia.
Ante un sueldo de hambre y ante el asco, hay quien se deja llevar al arroyo, hay quien busca las terapias en el ocio espiritualizado, pero ocasionalmente también hay quien huye hacia adelante: ¿reiki o cóctel de barbitúricos? ¿jogguing o salto al vacío? Y hay incluso quien prefiere la dignidad de ser abatido y, si de recibir la muerte se trata, al menos recibirla dándola a su vez. Es tiempo de masacres anodinas.
Hace algunas noches me crucé de un lado a otro ese manual de la gran revancha titulado Escupiré sobre vuestras tumbas. Boris Vian escribe una historia de coches, bourbon y jazz, una historia sobre todo de segregación, infiltración y venganza. Vernon Sullivan tal vez no era tan negro como para esperar una vida de negro, pero traía a un hermano negro muerto a las espaldas. Quizá cada vez que veamos a un hombre del miedo y el asco consumirse, abatido al final de un reguero de muertos, sea también juicioso preguntarnos cuántos muertos no se le habían puesto ya a las espaldas antes de comenzar. Seguramente al menos uno, al menos él mismo ya estaba muerto.


jueves, 5 de junio de 2008

Sinvivir,



-Doctor, hay algo en mí que no soy yo.

Dejando a un lado las prótesis, los empastes o las muelas con nervio muerto, ocurre que en ocasiones uno tiene la impresión de estar viviendo-una-vida, es decir, de vivir no siendo una cosa con la vida sino atravesado por ella, ensartado en algo ajeno. La vida se vive, se vive ella a sí misma, incluso a nuestra costa pero también con nuestra participación: esperanzados, deseosos, ilusionados, la vida se nos ancla en las esperanzas, en los deseos, en las ilusiones, porque después de todo uno ya está en la vida, que por algo lo nacieron, y a algún término hay que llevarla.

"-Bueno -dijo Etienne con voz soñolienta-, no es que haya que intentar vivir, puesto que la vida nos es fatalmente dada. Hace rato que mucha gente sospecha que la vida y los seres vivientes son dos cosas aparte. La vida se vive a sí misma, nos guste o no. [...] Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose. Etcétera. Y con esto yo me iría a dormir [...]"

Julio Cortázar, Rayuela, 28

Incontestablemente nacidos, a diferencia del ser vivo nosotros estamos vivos. En el espacio de ese agravio comparativo entre el ser que vive y la vida en que uno está, se juegan todas las oportunidades de vida y muerte que nos dan o que nos damos. Para quienes viven la vida como quien gestiona una empresa, la bancarrota es fracaso. Para quienes lo hacen como se acaudillan ejércitos la derrota puede incluso ser honorable. Para aquellos que hacen de la vida la ocasión de la ocasión, el hecho de darse la muerte puede ser tan sólo el placer de otro improbado más, el placer del último placer en lo no probado. Cualquiera sabe, uno todavía no se ha muerto nunca.

***

Sobre estas cuestiones, me he encontrado con una increíble colección de materiales editados bajo el título Vacaciones en Polonia, 3: Suicidios y literaturas. El volumen incluye, junto con los cumplidos homenajes a los célebres suicidas célebres, un buen caudal de reflexión sobre el tema y una guinda final bajo la forma de una lista suicipédica, todo ello editado con el mejor gusto del fanzine, es decir, con todo el disgusto de lo convencional. [Enlace en la imagen]


sábado, 12 de abril de 2008

Muerte visitadora, muerte alojada


Como anticipación, como modo de hacer de lo otro algo más cercano, para domeñarlo, para en la cotidianidad vencer el extrañamiento, se han forjado figuras de la muerte casi sin número. De entre ellas dos se oponen como extremos en la localización de la vivencia. La muerte visitadora, la muerte como fuerza externa que llega para darnos fin es tal vez la más frecuente expresión de la primera. En la Elegía de Miguel Hernández la trágica llegada habla en las palabras:

"Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado."

Y más aún, tras hacer explícita esta dependencia de la muerte con respecto a lo externo que llega para golpear, segar o derribar la vida para siempre, el poema perfila una muerte que visita del mismo modo en que el amante visita a la amada. Tal vez la expresión más cruda de la pérdida:

"No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada."

La figura contraria, la que hace de la muerte un órgano, un cuerpo alojado en el cuerpo, un espacio interno a la vida en cuyo desdoblamiento se produce la desaparición, tiene su máximo representante para las letras contemporáneas en el poema de Rilke. En la última estrofa del cuarto poema de las Elegías de Duino, se cifra esta imagen en el niño para quien la muerte no es todavía la certeza de ese fruto de la vida que crece:

"¿Quién enseña un niño tal como él está? ¿Quién lo coloca
en el astro y le da la medida de la distancia
en la mano? ¿Quién hace la muerte de los niños
con pan gris, que se endurece, o deja
esta muerte dentro de la boca redonda, como el corazón
de una hermosa manzana?... A los los asesinos se
les ve pronto. Pero esto: contener tan suavemente la muerte,
la muerte entera, aún antes que la vida
y no ser malo
es indescriptible."

Es así como el niño está más próximo al animal, libre de esta muerte que se presiente en la aceptación de lo que somos como seres del tiempo, como seres específicos. La muerte en Rilke es muerte propia: no nos está dado morir, sino solo morir-nos, porque en nosotros habita la muerte que formamos, esa muerte que ya somos y que sin duda debemos llegar a ser.


martes, 1 de abril de 2008

Gestos urbanos 1, La carrera


Un débil mamífero de ciudad, comúnmente llamado peatón o viandante, se sitúa en el límite entre la acera y la calzada, probablemente apostado tras uno de los vehículos estacionados en dicha área y muy lejos de cualquier paso señalizado. Dirige su atención a uno y otro lado de la calle. Aunque se acerca un coche, una técnica aprendida tiempo atrás y depurada año tras año le permite evaluar la situación como favorable. Pone los músculos de sus cuartos traseros en tensión, eriza sus sentidos y se lanza a través de la calzada en una carrera que le permite ganar la acera contraria.
La técnica falla cuando las consideraciones sobre la relación distancia-velocidad no son precisas. En dicho caso, el vehículo y las leyes físicas sobre choques inelásticos juegan habitualmente en contra del mamífero, cuyo coeficiente de restitución se aproxima dramáticamente a cero. Pese a los avisos de las autoridades familiares y estatales respecto a las lamentables consecuencias de la aplicación fallida de esta técnica, su uso es habitual en las ciudades de todo el mundo y no existen indicios de su progresiva desaparición.

Nomenclatura habitual para la acción: peatón cruzando una calle.
Nomenclatura habitual para la variación de la acción: peatón atropellado.


domingo, 23 de marzo de 2008

Kraus, La muerte en el tópico


"Lo que caracteriza a la técnica es que no es capaz de producir tópicos nuevos pero deja al espíritu humano en un estado en que no puede prescindir de los viejos. En esta dualidad de una vida cambiante y de una forma de vivir que viene de antiguo, vive y crece el mal del mundo."

Karl Kraus, citado por Walter Benjamin en Karl Kraus

Para Kraus las cosas se plantean, más o menos, del siguiente modo: la mano que tiende la técnica en la dirección de la palabra bajo la forma de la prensa y, a través de esta, en el tópico, agota la imaginación humana. La recurrencia del lenguaje técnico-periodístico fabrica una envoltura alrededor del hombre que lo incapacita fundamentalmente para representarse adecuadamente los nuevos efectos de la técnica, efectos que finalmente se desplegarán del modo más atroz imaginable en la máquina de guerra. Pero el reconocimiento del papel negativo de las formas discursivas del periódico en la difusión técnica incontrolada -que aproxima razonablemente el pensamiento de Kraus al de Günther Anders en la denuncia de aquel "desnivel prometéico"-, tiene un segundo tramo positivo que se pone de manifiesto tras el estallido del conflicto de 1914. En el artículo titulado "En esta gran época" -primera manifestación de Kraus tras el incio del choque-, sitúa el lugar de la prensa entre las fuerzas técnicas beligerantes. Extraer un fragmento representativo es prácticamente imposible y, en rigor, debería tomarse el texto completo como un único y certero golpe, pero bastarán los siguientes para notar el cariz que toma la cuestión:

"Hay naciones distintas y una sola prensa sin embargo. El telegrama es un arma como la granada, que tampoco tiene ninguna consideración con ninguna circunstancia."

"[La prensa] durante décadas de ejercicio ha llevado a la humanidad al grado justo de escasez de fantasía que le hace posible una guerra de exterminio contra sí misma. Como gracias a la desmedida prontitud de sus aparatos le ha ahorrado toda capacidad para tener experiencias y para desarrollarlas en su espíritu, todavía puede implantarles el valor imprescindible para afrontar la muerte hacia la que se precipita. Cuenta para ello con el resplandor de las cualidades heroicas, y sus abusos del lenguaje sirven para embellecer una vida de la que se abusa como si la eternidad hubiera reservado su clímax para la época en la que vive el reportero."

Karl Kraus, "En esta gran época"

Bajo la perspectiva del agotamiento experiencial que diagnostica Kraus, podemos releer aquella expresión de Benjamin (vid. La voz) en la que se alude al silencio de los soldados, que volvieron de unas trincheras en las que se debió luchar contra la ingeniería antes que contra el hombre.


miércoles, 19 de marzo de 2008

El caníbal,


La descripción de la guerra como carnicería y acto de canibalismo ha llegado a ser, en la voz del escritor satírico, una estrategia textual ampliable a esa paz belicosa de la vida civil. Me lo ha recordado el texto que Walter Benjamin dedicara a Karl Kraus, en el que puede leerse:

"El gran tipo del sátiro, (...) nunca ha tenido un terreno más firme bajo los pies que el que ofrece un género humano dispuesto a encaramarse a carros de combate o a ponerse máscaras antigás; una humanidad a la que se le han acabado las lágrimas, pero no la risa. En la risa se prepara la humanidad para sobrevivir, si cabe, a la civilización y con la risa comulga en el verdadero misterio de la sátira, que consiste en comerse al enemigo. El autor satírico es la forma en que la civilización adopta al caníbal. Recuerda, no sin respeto, su origen; por eso la propuesta de devorar seres humanos ha pasado a formar parte de su núcleo fijo de consejos, partiendo del proyecto de Swift de utilizar como alimento a los hijos de las clases populares carentes de recursos hasta la propuesta de Léon Bloy de ofrecer a los dueños de viviendas el derecho de usar la carne de los inquilinos morosos o insolventes. Con tales instrucciones, los grandes satíricos le han tomado la medida a la humanidad de sus prójimos."

Walter Benjamin, Karl Kraus

El canibalismo, visto por Salvador Dalí como la forma suprema del amor, es antes que esto un modo radical de reconocimiento: reconocimiento de la inhumanidad en la humanidad, reconocimiento de la barbarie en la civilización. Junto con los ejemplos que Benjamin menciona, debemos destacar la sátira canibalesca desarrollada en las primeras décadas del siglo XX, al hilo del estallido de la Primera Guerra Mundial y, entre ellas, la propia del gesto Dadá. Las fauces de la humanidad, ahora abiertas con un rugido metálico, se aúnan con la propaganda que presentaba a aquella como la primera guerra humanitaria de todos los tiempos para generar una virulencia como no se había visto antes:

"Más significativo que el hecho de que todo avance técnico sea a la vez un avance bélico resulta la constatación de que la ideología del progreso, esto es, la del humanitarismo civilizatorio -el cual no tiene que ver ni lo más mínimo con la humanidad-, la que también les dio a los poderes combatientes el mejor motivo para una intensificación del enfrentamiento desconocida hasta entonces."

Ernst Jünger, Guerra, técnica y fotografía

Ante ello, tanto en el grupo del Cabaret Voltaire como en los posteriores grupos de Paris o Berlín, encontramos textos y manifiestos en los que se acude a la imagen del caníbal: el Manifiesto Caníbal de Francis Picabia de marzo de 1920, Civilización de Georges Ribemont-Dessaignes de mayo de 1917, o la entrada del diario de Hugo Ball del 16 de junio de 1916, en la que leemos:

"Hacen como si no hubiera pasado nada. El desolladero crece y se aferran al prestigio de la magnificencia europea. Intentan hacer posible lo imposible y trocar por mentiras la traición al ser humano, la explotación sistemática del cuerpo y del alma de los pueblos, esta matanza civilizada, haciéndonos creer que se trata de un triunfo de la inteligencia europea. (...) Frente a ello hay que decir que no pueden exigirnos que nos traguemos con gusto la nauseabunda empanada de carne humana que nos ofrecen. No pueden exigirnos que las temblorosas ventanas de nuestra nariz absorban con entusiasmo el tufo a cadáver. No pueden esperar que confundamos con heroísmo el embotamiento y la frialdad de corazón que cada día se revelan más funestos. Alguna vez tendrán que admitir que reaccionamos de forma muy cortés, incluso conmovedora."

Hugo Ball, La huida del tiempo (un diario), 16.VI.1916

Indudablemente lo humano como alimento para lo humano es en ocasiones, a pesar de todo, indigerible.


martes, 18 de marzo de 2008

Foc al foc,


Els dies, el carrer, totes les coses,

La vida és una pedra rasposa
on jorn a jorn ens anem esmolant
amb un albir final de ganivets,
un xic amants i un altre xic fratricides.
Els sentiments ens fan servei d'espurnes
trèmulament designant-nos la nit
per tal que no creguem que és ja de dia.
Mai no podrem incendiar el bosc.

Vicent Andrés Estellés


sábado, 16 de febrero de 2008

Meta-texto,


Rosas entre la mierda, 1000 frentes: Uno junto a otro damos textos que, como cañones apuntando a la ciudad, se disponen a abrir fuego sobre los espacios muertos de nuestras vidas muertas, si es que aún es posible estar vivo, si es que aún es posible abrir fuego. Cierto, hay un olor a índice, a canon, que se respira en el margen. Pero algo me dice que no llegaremos a pronunciar aquella frase de Arnaud Amalric -"¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!"-, o tal vez al fin, sólo al fin. Pero algo me dice que no llegaremos... Mientras, parece que no hay más que seguir en aquellos estados de ánimo que hacen tanto por alejarnos como por acercarnos a otra vida posible: miedo, asco, tedio...

Porque todo lo que hay entre esta y una otra vida posible es fuerza de choque.


viernes, 15 de febrero de 2008

Guerra en la boca,


Si te venden lo que deseas te compran tu deseo


viernes, 21 de diciembre de 2007

Tiempo sin rastro,


"En aquel tiempo, antes de la gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuado alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado. Si el fuego había devorado una casa en alguna calle, el lugar del incendio permanecía vacío por mucho tiempo, porque los albañiles trabajaban con lentitud y circunspección, y los vecinos, o los que pasaban casualmente por la calle, recordaban el aspecto y las paredes de la casa desaparecida al ver el solar vacío. ¡Así eran entonces las cosas! Todo cuanto crecía necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos de la misma forma que hoy se vive de la capacidad para olvidar rápida y profundamente."


Joseph Roth, La Marcha Radetzky


viernes, 19 de octubre de 2007

Records de l'avenir o los futuros recordados,

En un tiempo de relativa desesperanza -hablo, al menos, de la desesperanza informada, no del pesimismo patológico-, es prácticamente imposible no echar la vista atrás en la dirección de todos aquellos pensamientos que se formaron sobre la hipótesis de un futuro prometido. Falacias naturalistas aparte, el vigor que el pasado de nuestra cultura dispuso para crear utopías, discursos mesiánicos, relatos del progreso asegurado, contrasta vivamente con nuestro presente cansancio.


El gran drama de estos tiempos del tedio no es únicamente la generalización de la neurastenia, sino el recuerdo de aquellos futuros y la certidumbre de que siempre seguirán siendo posibles-impracticados. Una reflexión lúcida al tiempo que serena sobre este escenario de la pérdida puede encontrarse en George Steiner, Gramática de la creación, Marid, Siruela, 2005.

sábado, 15 de septiembre de 2007

(Des)esperando,

"He hablado de la inutilidad del arte, pero no he dicho la verdad sobre el consuelo que procura. El solaz que me da este trabajo de la cabeza y el corazón, reside en que sólo aquí, en el silencio del pintor o del escritor, puede recrearse la realidad, ordenarse nuevamente, mostrar su sentido profundo. Nuestros actos cotidianos son en realidad la arpillera que oculta la tela laminada de oro, el significado del diseño. Por medio del arte logramos una feliz transición con todo lo que nos hiere o vence la vida cotidiana, no para escapar al destino, como trata de hacerlo el hombre ordinario, sino para cumplirlo en todas sus posibilidades: las imaginarias."
Lawrence Durrell, Justine

La vida como escenario de la respuesta necesaria. Cada cual haciéndose cargo de la propia, y en la propia, también inevitablemente, de la de tantos otros. Y en definitiva haciéndose cargo de la vida, y si se es serio, sin subterfugios, sin la necesidad de conjurar el destino. El arte como vía para mostrar la riqueza en tal actividad: no ya solamente el hacerse cargo del destino, sino además desplegarlo en toda su amplitud que incluye lo imaginario, lo real-imaginario. Pero este esfuerzo de demiurgo es para el artista y poco de ello queda para el receptor. Si hay un libro en que se hable de lo que queda de ese otro lado, del lado de la imposibilidad de salvarse de la profunda desesperación vital, del desgarramiento, a través de la recepción artística, éste es Maestros Antiguos, de Thomas Bernhard. La existencia de lo estético como vía vital se debate en el mundo contemporáneo entre el narrador de Justine y la entereza en la desesperanza de Reger.