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lunes, 2 de marzo de 2009

En casa de Louie Harper,


En la vieja sala de Louie Harper no cabía nadie más. Si algún cretino se hubiera tirado un pedo seguro que alguno de nosotros habría acabado con su culo fuera del local. Cómo conseguía Louie a aquellos asesinos nadie lo sabía. Lo único que todos sabíamos era que habríamos sido capaces de dejar morir a nuestros padres por ir a los combates que el viejo Louie organizaba en su tugurio. Allí vi combatir por primera vez al ruso de la estepa siberiana Dostoievski. Un tipo duro sin duda. Su directo de derecha era un estilete que dejaba a sus rivales aturdidos y tambaleándose por la tarima como muñecos. Los dejaba hechos un trapo. Lo daba todo en cada combate. Fueron los días grandes en los que uno podía ver a Johnny Fante ganar un combate a diecisiete rounds sin apenas acelerar la respiración. Golpe a golpe y un round más y así hasta el final. Para cuando todo terminaba y daban los puntos la tensión era tanta que ambos púgiles se echaban a llorar hincados de rodillas y abrazándose en un apriete infinito y salvaje. También venía a pelear Céline, el Martillo. Tenía un gancho de derechas demoledor. Recuerdo el día que tumbó a Dashiell Hammett en el cuarto. Esquivó un directo de izquierdas con una finta perfecta, clavó el talón a la lona para soltar El Martillo de abajo arriba como un rayo. Hammett ni lo vió venir y todos nosotros poseídos por la euforia creímos, por un instante, que empezaba la revolución.
Podías oler la sala de Louie unos metros calle abajo si la tarde era calurosa y había combate. Olía a sudor rancio y a picadura barata y a orín y a vino y a cáscaras secas de naranja. Y cuando salían aquellos tipos a pelear todos enloquecíamos y pataleábamos como criminales y entonces se levantaba el polvo que traía consigo aquel olor repugnante y lo tragábamos a bocanadas y de repente el hedor se volvía ira en nuestras bocas. Para cuando saltaban al cuadrilátero yo estaba ya repleto de ira y a punto de estallar. Mi mirada cegada de ira, y mi corazón y mis pulmones llenos de ira, y mis entrañas llenas de ira y de mierda y de orín y de vino y de cáscaras de naranja y de hermosa literatura. Allí, sobre la tarima, bajo la tarima, alrededor de la tarima, todo estaba bajo el influjo de la literatura y de la lucha, que ahora, en casa de Louie Harper, en nuestra casa, eran una y la misma cosa.
El hombre del momento era Ernie Hemingway. Todos queríamos ver a Ernie pelear. Nadie en todo Los Ángeles quería perderse a Hem darle a los puños. ¡Hostias cómo los movía! Era un gran tipo. Sabía darle duro. Era un asesino. Sonó la campana. La hicieron sonar. Oí el tañido cruzar el infernal alboroto. Entonces apareció aquel tipo, Hank Bukowski. Vestía unos calzones ridículos que le quedaban anchos. No llevaba botas sino sus viejos zapatos y subió al ring fumando un puro de quince centavos. Ernie estaba levantándose de su rincón cuando de repente aquel tipo hinchó el pechó y señalándose los puños rugió:
–¡Aquí tengo la palabra, Papá!– dijo, y sonó a verdad–¡Aquí la tengo y está dispuesta a romperte el culo!–Me giré y vi a Hem muy tocado. Lo había alcanzado en plena barbilla. Aquella palabra era dura de verdad e iba a hacerle brotar la sangre y todos supimos que iba a ser un gran combate. Cuando el directo de Hank cortó la tarde hacia la cara de Ernie nos pusimos todos en pie gritando con el pecho a punto de quebrarse y el cielo se tambaleó y alguien chilló “¡a mí la revolución!”.

En el fondo no adorábamos ni a Hemingway, ni a Bukowski, ni a Dostoievski, Céline o Fante, sino a aquella palabra que era capaz de enloquecernos y hacernos pensar en la revolución. Ernie en su gancho de izquierda, Hank en su un-dos y crochet a la mandíbula, que era una manera sublime de dialogar, Céline en su Martillo atronador, Fante en sus jabs cruzados, pausados y emocionantes, Dostoievski en sus directos delirantes, trabajados y sin tregua. Aquella palabra que hacía brotar la sangre la tenían muy pocos y nosotros la leíamos todas las tardes en casa de Louie Harper.


domingo, 9 de diciembre de 2007

La ciudad 6, Nevsky Prospekt


En la gran literatura rusa del XIX la calle y sus personajes tienen una incidencia temática radical. El hombre que protagoniza la novela de Gogol, Dostoyevski o Toltói vive en un esquema social en el que comienzan a destacarse las consecuencias típicas de una incipiente vida urbana y, aunque puedan ser vistas desde una perspectiva rural, la ciudad ya ha entrado a formar parte de los grandes problemas rusos. En particular, el nuevo escenario que supondrá San Peterburgo, cuya fundación en 1703 compensaba el peso de Moscú como capital religiosa, junto con los acontecimientos derivados de la abolición de la servidumbre en 1861, supone un caladero fundamental para la incorporación de la multitud como personaje. Aparece en este momento el leitmotiv de la Nevsky Prospekt. La vida que la masa lleva a cabo en ella y, como consecuencia, los tiempos que la propia calle marca serán el personaje central del relato de Gogol, que pasará a formar parte del patrimonio literario para la inspiración de las siguientes generaciones. En buena medida, parece como si, tal y como dirá Marshal Bermann, toda la vida pública de la nueva sociedad urbana rusa girara en torno a esta calle.

sábado, 8 de septiembre de 2007

Todos los fuegos, 2

"El fuego, por el fuerte viento y porque casi todas las casas de ese arrabal eran de madera y habían sido incendiadas en tres sitios distintos a la vez, se extendió velozmente y envolvió la cuarta parte del barrio con increible furia. (...) Cuando llegué al arrabal, sólo una hora después de nuestra huida del baile, el fuego estaba en su apogeo. Ardía una calle entera paralela al río. Había tanta luz como de día. No trataré de describir en detalle el cuadro que ofrecía el incendio: ¿quién no lo conoce en Rusia? En las calles contiguas a la que ardía el barullo y las apreturas eran extraordinarios. Se esperaba que el fuego se propagaría de seguro por allí y los vecinos sacaban sus enseres, pero no abandonaban sus viviendas y, a la expectativa, seguían sentados en los baúles y colchones que habían sacado, cada uno bajo sus propias ventanas. Parte del vecindario masculino se ocupaba en la dura labor de derribar las empalizadas y aun de echar abajo tugurios enteros que estaban cerca del fuego o del lado de donde venía el viento. Sólo lloraban los niños a quienes acababan de despertar y gemían las mujeres que habían conseguido rescatar sus ajuares. Los que todavía no lo habían conseguido proseguían su trabajo en silencio y los iban sacando resueltamente a la calle. Las chispas y las ascuas volaban por doquiera y se intentaba apagarlas en lo posible. Junto al fuego mismo se agolpaban los espectadores que habían venido corriendo de todos los puntos de la ciudad. Unos ayudaban a extinguirlo, otros se limitaban a mirarlo. Un gran incendio nocturno produce siempre una impresión tan provocativa como exhilarante; de ahí el atractivo de los fuegos artificiales; pero en el caso de la pirotecnia, la disposición del fuego en pautas regulares y graciosas, al par que la falta total de peligro, producen un efecto jovial y ligero, análogo al de una copa de champaña. Un incendio real es algo muy diferente; ahí el horror y cierta sensación de peligro personal, junto con la notoria impresión exhilarante de un incendio nocturno, producen en el espectador (por supuesto, si no es su casa la que arde) una conmoción y un reto, por así llamarlo, al instinto de destrucción que, ¡ay!, yace en el espíritu de todo hombre, aun en el del más pusilánime y hogareño funcionario público de baja categoría... Esta oscura sensación causa casi siempre deleite. «Yo, la verdad, no sé si es posible contemplar un incendio sin sentir algún placer.»"

F.M. Dostoyevski, Los demonios