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jueves, 4 de diciembre de 2008

Georges Perec, autor de Un artista del trapecio


Perec nos la jugó: ahí quedan las pruebas. En el post del lunes, 16 de junio de 2008, titulado El trapecio, se citaba un texto que hacíamos pasar por parte de La vida instrucciones de uso: un texto hermoso, con la belleza de la levedad... En realidad dicho texto es, a su vez, una cita -y hacemos valer aquí un uso muy especial de la palabra "cita"- de un escrito de Kafka titulado Un artista del trapecio.
La evocación de aquel borgiano Pierre Menard, autor del Quijote sirve aquí para señalar dos modos distintos de digestión -vid. Vacaciones en Polonia, vol. 4: Literaturas antropófagas-, dos modos de in-corporar el texto de otro en el texto propio. Pierre Menard no quiere citar el Quijote sino escribir el Quijote, forzosamente reescribir entonces, pero con una reescritura que no cambie una palabra en el texto original que es, simultáneamente, origen y destino de la cuestión. Pierre Menard quiere reincorporar el Quijote al flujo del tiempo, de su tiempo, para hacer reverberar el sentido: de algún modo, lo que Menard desea es llevar a cabo un ready-made de la obra de Cervantes.
Perec, en cambio, ejecuta una verdadera deglución digestiva de Kafka. Al ingerir Un artista del trapecio, su palabra, a diferencia de la de Menard, no termina siendo la palabra de Un artista del trapecio. Puede seguir reconociéndose alguna marca y, en ello, se puede seguir viendo el fragmento como cita, pero los bordes son borrosos, como si el límite del texto incorporado se hundiese en la piel del propio texto de Perec. A diferencia del ready-made de Menard, lo que hay en Perec es un collage, pero un collage en el que las marcas de cola han sido disimuladas magistralmente. Cuando al terminar La vida instrucciones de uso nos topamos con el Post scriptum en el que Perec enumera los autores citados en el libro, uno no tiene más remedio que sorprenderse por el hecho de que Georges Perec se cuente entre los elementos de esta lista y, justo a continuación, indignarse por la presencia de todas aquellas citas que pasaron olímpicamente inadvertidas en la lectura. En ese momento, uno debe saber que Perec nos la jugó.


martes, 23 de septiembre de 2008

Paraísos cotidianos,

·

En el prólogo de Los conjurados escribe Borges:

"Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso."

Es una frase que muchos llevan en el bolsillo, atesorada como un respaldo para concebir que todo es susceptible de ser visto como hermoso. Esa mirada necesariamente positiva que banaliza el mundo no tiene, creo, nada que ver con Borges, y para quien vaya buscando eso hay libros de sobra. Queda claro en el drama que esconde lo que sigue al primer punto: poblamos el paraíso al menos un instante cada día y, entonces, somo expulsados una vez más al instante siguiente y el éxodo continúa. Pero irremediablemente ahí siguen los paraísos cotidianos y tan fácil resulta pensar esta salvación transitoria como una recompensa a la travesía, como ver en ella una broma macabra. Irremediablemente ahí siguen. Por suerte ahí siguen.




miércoles, 9 de julio de 2008

Zenón se divierte 1,


Zenón de Elea era uno de aquellos viejos griegos a los que la idea de que el ser pudiese estar constituido esencialmente desde la multiplicidad y lo perpetuamente móvil le sonaba a desmadre. De igual modo, el de Elea se negaba a aceptar la existencia del vacío y la posibilidad de que el ser continuo, como magnitud, pudiese dividirse infinitamente. Como resultado de este ideario y con la intención probable de polemizar con el pitagorismo, Zenón elaboró las paradojas que llevan su nombre y que pasan por ser los primeros argumentos por reductio ad absurdum que conserva la tradición filosófica. De las cuatro paradojas de Zenón contra el movimiento que recoge Aristóteles en la Física (239b5-240a20) dos han llegado a ser especialmente célebres: la paradoja de Aquiles y la tortuga, y la paradoja de la flecha detenida.

La belleza de ésta primera paradoja es eminentemente narrativa. En una hipotética carrera, Aquiles, "el de los pies ligeros" en el epíteto homérico, nunca alcanza a la tortuga si comete el fatal error de cederle un paso de ventaja. Para cuando Aquiles llegue a alcanzar ese paso concedido a la tortuga, ésta ya habrá recorrido un nuevo espacio que Aquiles deberá ganar, y así sucesivamente. La arrogancia del héroe le salió bien cara.
Algunos siglos después la paradoja de Aquiles y la tortuga tuvo una fantástica revisión en clave comico-lógica en el texto de Lewis Carroll titulado Lo que la tortuga dijo a Aquiles.

La belleza de la paradoja de la flecha es visual. Lo supo Borges en aquel poema de La moneda de hierro, y lo dijo en los versos:

"Me asombra que del griego la eleática saeta
instantánea no alcance la inalcanzable meta"

Jorge Luis Borges, El ingenuo

Si aceptamos que se pueda determinar la posición exacta de una flecha en cada uno de los "ahora" que componen su trayectoria temporal de vuelo, debemos conceder que la flecha que vuela está parada, puesto que de una suma de posiciones fijas no puede resultar movimiento alguno. Si otorgamos que dichos "ahora" son de número infinito entonces, además, la flecha nunca llega a su destino.

Zenón no podía saber que un día la idea de límite de una sucesión llevaría al traste la fuerza argumentativa de sus paradojas. No podía imaginar tampoco que, sucedido esto, su contundencia estética se mantendría incólume.


jueves, 15 de mayo de 2008

Estirpes,

Nada o muy poco sé de mis mayores
portugueses, los Borges: vaga gente
que prosigue en mi carne, oscuramente,
sus hábitos, rigores y temores.

Jorge Luis Borges, Los Borges, en El hacedor

También a mí, como a Borges, me sucede aquello de no saber nada o casi nada de mi ascendencia. Con grandes esfuerzos conseguiría remontarme tres o cuatro generaciones en el pasado. No son estos ya tiempos de estirpes, y sólo en casos muy raros hay todavía quien pueda decir que es de los tal de no-sé-dónde. El resto tenemos el apellido sin más, huella vaga de vidas que se asoman tal vez en el puente de una nariz, tal vez en una forma de andar, y eso si acaso. Pero incluso para aquellos que intentaron aferrarse a una genealogía como forma de dignificar su linaje hay una circunstancia que acecha: finalmente la procedencia es fruto de una decisión. Cada cual elige su parentesco y en la elección juegan siempre criterios que nada tienen que ver con la heráldica.
Esta cuestión cualitativa tiene una prueba de tipo cuantitativo que encontré ya hace algunos años en un libro de Carl Sagan titulado Miles de millones -Billions and billions-, y que comenzaría con el hecho de que los humanos generalmente tiene dos progenitores, que a su vez tuvieron dos progenitores, y así sucesivamente. La sucesión de la ascendencia crece exponencialmente -2 progenitores, 4 abuelos, 8 bisabuelos, 16...-, es decir, crece realmente rápido. En diez generaciones nos encontramos teniendo 1024 parientes directos, y en 40 generaciones llegamos al billón y pico. Lo de las cuarenta generaciones no está elegido al azar. El número es bonito y simbólico, bíblico como la pasión por las estirpes. Pero si además contamos con que una generación pasa a la siguiente cada 25 años aproximadamente, nos encontramos con que en el año 1008 cada uno de nosotros tenía un billón y pico de parientes directos. Evidentemente en el año 1008 no había tanta población en el planeta. ¿Todos los señores y las señoras del año 1008 son entonces parientes nuestros? En algún sentido el cálculo es tramposo, y supone que cada antepasado juega un único rol en nuestra ascendencia, lo cual es demasiado suponer. Pero si algo acierta a señalar tanto número es que en cierta medida en la elección del linaje de cada cual uno puede optar entre numerosas ramas, sorteando lo que no prefiere, encaminándose por la línea de parentesco de lo que se observa como más dignificante.
En definitiva, cualquiera de nosotros puede ser descendiente tanto de un patricio del Lacio como de un plebeyo de la Galia, tanto de un judío sefardí como de un cristiano viejo, de un persa y de un pirata berberisco, de un corsario inglés y también de un francés de las tropas napoleónicas. Que cada cual elija, la gama que facilita la historia es francamente extensa.