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lunes, 16 de junio de 2008

El trapecio,



"Poco después, asqueado, decidido a renunciar a cualquier carrera artística, pero sin querer abandonar el mundo del espectáculo, se hizo empresario de un acróbata, un trapecista, al que habían hecho rápidamente famoso dos particularidades: la primera era su extremada juventud -no había cumplido aún doce años cuando lo conoció Rorschash-; la segunda, su facilidad para permanecer horas seguidas subido en el trapecio. El público corría al music-hall y a los circos donde actuaba para verlo no sólo ejecutar sus ejercicios sino dormir la siesta, lavarse, vestirse y tomarse una taza de chocolate en la estrecha barra del trapecio, a treinta o cuarenta metros del suelo."

Georges Perec, La vida instrucciones de uso


viernes, 8 de febrero de 2008

Pesadillas de la página,


El espacio lineal de la página, su pertenencia al orden de los objetos, ha permitido toda una serie de experimentos literarios y de fábulas terroríficas. En la literatura borgiana se multiplican las bibliotecas infinitas, los libros de arena sin principio ni fin ni medio, los signos repartidos en cuerpos de bestias, etc. Pero el temor o el asombro por el hecho de la espacialidad de la escritura aparece también en Georges Perec o en Julio Cortázar.
En Especies de espacios, ese libro de círculos concéntricos en que se transita gradualmente la extensión de la página, la cama, la habitación, el apartamento, el inmueble, la calle, el barrio, la ciudad, el campo, el país, el continente, el mundo y el espacio, encontramos una imagen de multiplicación del espacio escrito:

"El espacio de una hoja de papel (modelo reglamentario internacional, usado en la administración, de venta en todas las papelerías) mide 623,7 cm2. Hay que escribir un poco más de dieciséis páginas para ocupar un metro cuadrado. Si el formato medio de un libro es 21 x 29,7 cm y desollamos todas las obras impresas conservadas en la Biblioteca Nacional y extendemos cuidadosamente sus páginas unas junto a otras, podríamos cubrir enteramente la Isla de Santa Elena o el lago de Trasimeno."

Georges Perec, Especies de espacios

La fábula zoomórfica que presenta Cortázar en Rayuela tiene cualidades semejantes, pero añade el pánico a la multiplicación del espacio, no ya de la página, sino de ese rio oscuro que es el renglón:

"En guerra con la palabra, en guerra, todo lo que sea necesario aunque haya que renunciar a la inteligencia, quedarse en el mero pedido de papas fritas y los telegramas Reuter, en las cartas de mi noble hermano y los diálogos del cine. Curioso, muy curioso que Puttenham sintiera las palabras como si fueran objetos, y hasta criaturas con vida propia. También a mí, a veces, me parece estar engendrando ríos de hormigas feroces que se comerán el mundo."

Julio Cortázar, Rayuela, 93


lunes, 7 de enero de 2008

Nodular,


De entre los infinitos tipos en que pueden clasificarse los libros -clásicos, canónicos, publicitados, bordilíneos, destartalados, técnicos, con una atmósfera irrespirable, irritantes, arrojadizos, de viaje, etc.- pienso que es especialmente atractivo el grupo de los libros nodulares.

Nodulares son aquellos libros a los que se va a caer, como una casilla obligatoria, al visitar otros. Nodulares son también los libros desde los cuales se consigue la impresión de tener que leer indefectiblemente algunos otros libros. Los primeros acostumbran a tener la pompa de los iniciadores de discurso. Los segundos, más discretos, presentan el atractivo de un conjunto bibliográfico como si de un tesoro acumulado a lo largo de años se tratase o, tal vez, mencionan un par de libros como con un susurro intranquilizador. A los libros nodulares del primer orden les corresponde el no precisar una recomendación. Éstas son siempre abundantes, demasiado abundantes. Los segundos nunca son suficientemente recomendados porque, de algún modo, construyen lectores. A las Lecciones amaricanas de Italo Calvino se le debe un lugar privilegiado entre estos últimos.


sábado, 17 de noviembre de 2007

Unos hunos y algunos otros,

“El veinticinco de septiembre de 1264, al alba, el duque d’Auge se plantó en lo alto de su castillo para contemplar, por poco que fuera, la situación histórica. Era más bien difusa. Restos del pasado estaban esparcidos todavía por allá. A orillas del vecino arroyuelo acampaban dos hunos; no lejos de ellos, un galo, Euden tal vez, zambullía audazmente sus pies en el agua corriente y fresca. En el horizonte se dibujaban las blandas siluetas de romanos fatigados, de pachás de Corinto, de francos antiguos, de alanos solos. Algunos normandos bebían calvados.
El duque d’Auge suspiró, pero no por ello dejó de examinar atentamente tan gastados fenómenos.
Los hunos preparaban steaks tártaros, el galo se fumaba un celta, los romanos dibujaban grecas, los pachás segaban avena, los francos buscaban sueldos y los alanos miraban a cinco osetos. Los normandos bebían calvados.
–Tanta historia –dijo el duque d’Auge al duque d’Auge–, tanta historia por algunos retruécanos, por algunos anacronismos. Me parece miserable. ¿No vamos a librarnos nunca?”

Raymond Queneau, Flores azules