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lunes, 10 de agosto de 2009

El suicidio de Dios,


Aún puede plantearse, pese a todo, una tercera hipótesis no explorada por el pensar y sólo vagamente intuida en la figura mitológica del deus otiosus. Es aquella por la cual Dios, en su omnipotente majestad, tomaría la inexistencia no como una privación sino como la máxima prueba de su poder creador. Tras haberse dado el Ser, el Hacedor se daría también la Nada. La historia toda del teológico Ser-Dios restaría entonces como pago en cumplimiento del supremo sacrificio, y la posibilidad de esta hipótesis como su clausura.


domingo, 12 de abril de 2009

Pinturas de guerra,

"¿Qué significa todo esto? Que ha amanecido un Viernes Santo universal,
(...) que el calendario litúrgico se rompe y que Dios sigue muerto en la cruz el día de Pascua."


Hugo Ball, La huida del tiempo


Muerto el Cristo, continuamos.
Como decíamos: la máquina, la vergüenza ante la máquina, el ridículo ante la máquina, el buen gesto como síntoma de la rendición. Incluso el soldado, figura de la muerte del guerrero ante la mediación de la máquina bélica, sucumbe a esta rendición haciéndose retratar la jornada anterior a su partida hacia el frente. De signo opuesto a las pinturas de guerra, ese retrato contiene el augurio de una pérdida del rostro. Pérdida del rostro como fin de un determinado perfil biográfico –en el decir de Walter Benjamin, de la guerra contemporánea se vuelve con mucho que callar. Pérdida del rostro también en sentido literal, como mostraron las fotografías de soldados mutilados por las armas químicas en las trincheras de la guerra de 1914.

Un dibujo de Georg Grosz muestra a un Cristo en la cruz con el rostro cubierto por una máscara de gas. No sabemos qué hay detrás. No sabemos, en concreto, si el Cristo conserva su facción agónica o si también ha sido socavada. No sabemos si el hijo del hombre sigue, con o sin rostro, todavía vivo o ya muerto. Tal vez toda esta incertidumbre funcione como correlato de una certeza: la certeza de que, rendidos a la máquina, no habrá ya redención en el hombre, no la habrá en Cristo y no la habrá, desde luego, en la máquina. ¿Qué nos queda entonces?–Muerto el Cristo, continuamos.–¡Sálvese quien pueda!


lunes, 28 de abril de 2008

En el principio,

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En el principio fue la palabra pero justo a continuación empezaron los malentendidos, y uno de los de mayor hondura es el que se refiere a las responsabilidades en los hechos que rodearon al pecado original y la consiguiente caída de la maravillosa situación edénica. Parece que la escena queda interpretada por la tradición en los términos siguientes. A la serpiente le corresponde la tentación, el ser la informadora de la verdad de la situación del jardín, el aclarar a la mujer los términos de aquella prohibición que debía alejar a sus moradores del árbol central del paraíso, so pena de muerte:

"Replicó la serpiente a la mujer: De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis conocedores del bien y del mal."

Génesis, 3,4

Sabemos que la mujer, de natural constitución curiosa, sucumbió a la tentación y no contenta con tomar del fruto del árbol dio también su parte a su compañero. El resultado fatal ya adelantado en la narración (Gn, 3,16-19) sigue siendo evidente en la actualidad: la tierra sigue dando sus frutos sólo a condición del trabajo -manual o mecánico- y la mujer sigue engendrando con dolor -atenuado ocasionalmente por diferentes fármacos. Al hombre en esta historia le queda el rol de la pobre bestia ignorante que se deja arrastrar por la pérfida mente femenina. Muy bien, muy bien, responsabilidades depuradas.
Pero a mí lo que me inquieta es el orden de los acontecimientos en un instante concreto de la narración: el momento de la ingestión del fruto prohibido. Pudo suceder de dos formas: o bien la mujer, conocedora de la información descubierta por la serpiente corrió rauda a avisar a su consorte para disfrutar del festín en su compañía, o bien tomó la fruta del árbol y tras observar los resultados se dirigió inmediatamente a ilustrar a su compañero. Parece que el texto se inclina por esta segunda hipótesis:

"Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió."

Gn, 3,6

Y no discuto que ambos eran iguales en la culpa a ojos de Dios -sabemos, además, que para buscar culpables Dios se las compone sin problema. Recordemos que el saber que proporciona el árbol es un saber sobre el bien y el mal, y recordemos que la mujer, el primer ser vivo en la historia conocedor de tal saber, optó por arrancar al hombre de su estado de inocente embrutecimiento. Es decir, la mujer fue curiosamente culpable por obrar bien, pero no en la medida en que obró rectamente, sino por adquirir una capacidad de discernimiento moral prohibida. Lo que me despierta curiosidad es pensar en qué impresión tuvo la mujer de su pareja una vez que había comido del fruto, y cómo aquello con lo que se encontró, junto con el saber adquirido, resultó en la decisión de conducir al hombre a su mismo estado. Parece que la acción de la historia se detiene para mí una y otra vez en ese instante, en el instante en que una mujer capacitada con un saber de lo moral encuentra a su compañero salvaje -tan salvaje como ella misma había sido hasta hacía apenas un momento- y lo domestica, lo hace humano: ¿qué debió ver?, ¿a qué se parece aquello que vio?, ¿y de qué manera fue ella vista?, ¿y cómo le afectó eso que ella debió ver en los ojos de su compañero?